“No hay victoria sin batalla”

17 julio, 2026

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Ti. 4:7-8). Este es el testimonio final o el epílogo del gran apóstol Pablo. El benjamita que llegó a ser el discípulo destacado, “instruido a los pies” del gran sacerdote Gamaliel. Sobresaliendo entre todos, por su ferviente celo por la ley de Moises.

Y llegó a ser el principal perseguidor de la primitiva iglesia de Jesucristo, leamos: “Y Saulo (Pablo) consentía en su muerte (la de Esteban, lapidado). En aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén (…) Y Saulo (Pablo) asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel” (Hch 8:1-3). Hizo todo esto hasta que, llegado el momento de su llamado, aquel cruel paladín de los fariseos fue llamado por Jesucristo a su camino.

Nos parece imposible que semejante personaje fuese escogido por Dios para llevar el evangelio a los gentiles. Es que, mi querido hermano, Dios no hace acepción de personas y dijo Dios de Pablo: “…instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre” (Hch. 9:15-16).

Aquel gran apóstol vio con sus propios ojos cumplirse literalmente estas palabras proféticas de Dios sobre él. Y en ese sentido tiene toda la razón al decir: “He peleado la buena batalla”. Me pregunto: ¿qué batalla? La batalla de la vida cristiana. Una batalla contra espíritus de maldad bien organizados, contra principados, potestades, gobernadores, huestes espirituales de maldad que dominan las tinieblas de este siglo; influyendo, manipulando, dominando la mente y el corazón de los hombres (léase Efesios 6:12).

Esa es la realidad del mundo espiritual que nos rodea. Pero la iglesia moderna, pareciera que no es consciente de esta realidad. No parece que libran esas batallas contra tales poderes espirituales, ocultos o disfrazados en medio del contexto social en que nos movemos a diario. Hay más algarabía cristiana espiritualista que conciencia espiritual.

Mi amado hermano, no es exagerar, es lo real, al diablo le interesa que la iglesia ignore estas verdades. Él se mueve entre penumbras y oscuridad. La falta de conocimiento espiritual de la palabra de Dios fue la principal causa de que Israel, en el antiguo tiempo, sufriera tantas destrucciones, derrotas y cautiverios. La historia se repite en el contexto de la iglesia moderna. Hay mucha letra, pero poco entendimiento de lo espiritual de ella, leamos: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Co. 2:14).

Por otro lado, el apóstol Pablo dice: “he acabado la carrera”. Muchos inician la carrera por la vida eterna, la cual inicia el día que te bautizas en agua. A partir de ese momento se presentarán los mil y un obstáculos que te impedirán correr con libertad la carrera que tienes por delante. Nuestra meta es clara y definida: la meta es el Padre. Así lo dijo el Señor Jesús: “…Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6).

La meta no es formar parte de una organización evangélica o cristiana, nuestra meta va mucho más allá, leamos: “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:13-14).

Lo más impresionante de esta afirmación, es que tu peor enemigo y obstáculo para alcanzar la meta «eres tú mismo». Es por eso que el Espíritu nos recomienda y nos dice: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Ti. 4:16). También dice: “…despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús…” (He. 12:1-2).

Y, por último, dice el apóstol Pablo: “he guardado la fe”. La fe, precioso tesoro espiritual de Dios, que sin él es imposible agradar a Dios, alcanzar sus promesas y llegar al final de nuestra carrera. Es una virtud divina que debemos defender y hacer prosperar en nuestra vida. Existen diversas causas que pueden hacer que el creyente se desvíe de la fe.

Menciono algunas: «Falsas enseñanzas». “…evita profanas y vanas palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad (…) de los cuales son Himeneo y Fileto, que se desviaron de la verdad (la fe) …” (2 Ti. 2:16-18). «La Avaricia». “…porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores (…) Pelea la buena batalla de la fe…” (1 Ti. 6:10 y 12).  Y, por último: «El Mundo y sus deseos». Dice la Biblia: “Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Jn. 5:4).

El apóstol Judas, preocupado por la salvación de sus amados hermanos en la fe, los exhorta, animándolos “a que luchen ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos”. Mi estimado lector, definitivamente no hay victoria sin batalla. ¿Estás peleando la buena batalla de la fe y la vida eterna? No desmayes. Que nuestro buen Dios te dé poder y ánimo para llegar hasta el final. Que Dios te bendiga. Amén.