¿Qué significa identidad?
La identidad, genéricamente, es el conjunto de características, rasgos, valores y aun creencias, que definen «quién» es una persona o grupo; y, asimismo, los diferencia de los demás. Esto, grabado plenamente en la conciencia misma, como ser parte de algo. Todo como una cualidad de idéntico a otro o a algo. Dentro de lo humano se ubica en una identidad personal, cultural, nacional, de género, aun de gustos, etc., en una base de algo genuino y consciente.
¿Cuántos tipos de identidad hay? En el sentido más amplio de este término, considerando el aspecto original, inclinado a lo espiritual, diremos que hay dos tipos fundamentales de identidad.
1) Identidad ubicada en Dios.
Esta es aquella sublime y quieta. Ubicada en la piedad, la santidad, la pureza, el amor, la misericordia, la bondad, la fidelidad, el gozo, la paz, la mansedumbre, etc. Esto es lo que la palabra de Dios nos ubica como dones o frutos del Espíritu (léase Gálatas 5:22-23). Estos dones, como parte de una conducta personal en toda su plenitud, son características vividas y predicadas por el Señor Jesucristo. Y en nosotros se han de constituir en nuestros valores naturales, por el «nuevo nacimiento», lo cual nos identifica como hijos de Dios. Y esto, sería para nosotros nuestra «verdadera identidad espiritual».
Acentuando esto: que nuestra identidad está basada en la vida de Jesucristo, leamos: “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en este verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él, «debe de andar como él anduvo»” (1 Jn. 2:4-6).
Esto de la identidad con Cristo no es algo superficial, sino de gran trascendencia. Leamos: “…a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte…” (Fil. 3:10). Vemos aquí, además, una semejanza idéntica para los escogidos de Dios.
Leamos también: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra (…) Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Col. 3:1-4).
2) Identidad con el mundo o sistema.
Habiendo comprendido esa identidad espiritual compatible con nuestro buen Dios, hemos de considerar la segunda. Esta es la identidad conforme a toda corriente que se maneja bajo un sistema. Aunque también espiritual, este se ubica y se manifiesta mediante las apreciaciones puramente materiales y existencialistas, generado y gobernado por Satanás. Leamos: “… y el mundo entero está bajo el maligno” (1 Jn. 5:19).
Es el sistema el que mediante marketing y toda clase de influencia pasionaria, ejerce verdaderas esclavitudes y dependencias extremas incontrolables. Ya que afectan directamente la psiquis y el alma del ser humano, mediante modas, tendencias, música, arte, cultura, religión, deportes, influencias espiritualistas, estilos, géneros, vicios, dependencias, pornografía, redes sociales, cine, televisión, política y ciencia.
En fin, toda clase de cosas agradables a los sentidos de percepción del medio. No hay escapatoria; el sistema es global e inmisericorde. Leamos: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro. 12:2). Además, dice: “…Salid de en medio de ellos (el sistema), y apartaos, dice el Señor, Y no toquéis lo inmundo; Y yo os recibiré” (2 Co. 6:17).
Estamos en este mundo de maldad y perversidad y, de cualquier manera, queramos o no, tendremos que atravesar este desierto durante nuestra estancia y permanencia en esta vida. La carne es débil y los deseos del mundo y del pecado, afectan y estimulan nuestra naturaleza adámica. El hombre natural perdió el rumbo de Dios y lo concerniente a lo espiritual, en donde cada ser desubicado «del norte», camina solo mediante sobrevivencia, sin metas ni esperanza.
Manteniendo la identidad de Jesucristo, el vencedor
Dios, en su bendita misericordia, nos vio en un fracaso total y de nuevo nos muestra el camino al Edén espiritual mediante Jesucristo, quien es: “…el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn.14:6). Esta es la única ruta al Padre y a la eternidad con él. Y aunque la ley de Moisés mantuvo cierta identidad, no era lo perfecto para mantener una línea perfecta de vida, por la presencia del pecado, el cual permanece ligado a la carne, la cual habría que crucificar en Cristo y así pagar el precio del pecado en nosotros.
Es primordial mantener la identidad con Cristo, mediante la implementación de su carácter, amor, entrega, misericordia y verdad. De esta manera seremos hijos y seremos más que vencedores. De aquí la importancia del conocimiento de Dios, mediante el escudriñamiento de las Sagradas Escrituras, las que nos guiarán sin error hasta la eternidad con él. Esto no es religión, es nacer del agua y del Espíritu, mediante la fe plena y continua en el único y absoluto mediador «Jesucristo el vencedor».
Que Dios nos ayude plenamente para no perder nuestra identidad en él. De otra manera, el fracaso es más que seguro. ¡Sálvanos, oh Dios, graba la imagen de Cristo en nosotros! Amén y Amén.
