Vivimos en un mundo de apostasía, en el cual todo concepto de fe ha sido manipulado, tergiversado y maliciado, en sus bases y fundamentos, mediante toda una trama satánica. Esto es ministrado por líderes, clérigos, falsos maestros y falsos profetas. Quienes, con grande apariencia de piedad, misticismo o profesionalismo académico, dentro de todo ámbito o sistema religioso corrupto, imponen astutamente razonamientos. Y hasta filosofías o doctrinas esclavizantes, para que sus adeptos no conozcan la verdad, desde el punto de vista divino.
Les hacen creer que la fe está únicamente en algunos aspectos particulares y superficiales de la conducta o comportamiento humano dentro de la sociedad, los cuáles son inconsistentes. Vedando con esto, los verdaderos fundamentos de una fe inquebrantable. Basada, en primer lugar, en el conocimiento de Jesucristo, mediante la palabra revelada. Luego, esencialmente en el reconocimiento absoluto de la soberanía divina; poniendo sus seguidores por obra, voluntariamente, toda la Escritura como evidencia.
Pero no por esfuerzo humano ni por méritos alcanzados, sino por la permanencia viva del Espíritu Santo «con nosotros y en nosotros». Y afirmo: no por obras ni por acciones coercitivas o hipócritas sensualismos, que dan acceso al sentimentalismo surrealista, creando espacios fantasiosos y fanatismos sin fundamentos divinos ni escriturales. Y todo esto, para sacar beneficios personales de los que mueven el sistema a su sabor y antojo.
Ellos se han convertido en verdaderos mercaderes de las almas y de la necesidad innata de creer en un Dios todopoderoso, creador de todo lo existente. En quien, por ser grande e infalible, podemos apoyarnos confiadamente, sin temores ni reservas. Dios enfoca integralmente la vida y la fe de creyentes, mediante una sabiduría que el mundo no conoce. Leamos: “…Enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Mt. 15:9). “Y él dijo: ¡Ay de vosotros también, intérpretes de la ley! porque cargáis a los hombres con cargas que no pueden llevar, pero vosotros ni aun con un dedo las tocáis” (Lc. 11:46).
La fe entonces, no son meros conceptos, sino obras vistas en todos los aspectos de nuestra vida. Leamos: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? (…) Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras” (Stg. 2:14 y 18).
Y me pregunto: ¿A qué obras se refiere la Escritura? Pues las obras, son todas aquellas acciones, actitudes, reacciones y hasta intenciones del corazón, de los hombres que transcurrimos y actuamos sobre esta tierra en nuestro espacio de vida. Siendo de una manera muy personal, pero siempre dirigida a «nuestro prójimo». Es más, dice el Señor: “…De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mt. 25:40). Porque al final, dice la Escritura que «todo pecado es contra Dios» (léase Salmos 51:4).
Este concepto y revelación, podemos trasladarlo a nuestra realidad actual y vivencial. Hay muchos “cristianos” que no son seguidores de Cristo. ¿Cómo? ¿Realmente hay cristianos que no siguen a Cristo? ¡No puede ser! Pues así es. Porque dice el Señor: “…Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos (cristianos)…” (Jn. 8:31). Permanecer en la fe significa: seguir sus pasos, obedecer a sus palabras, andar en el Espíritu, amar aun a nuestros enemigos, poner la otra mejilla, ser por los pobres y necesitados, amar misericordia, hacer justicia, humillación de continuo, etc.
¿Será que todos los que llegan a la congregación son fieles cristianos o simples espectadores, críticos de la vida de los demás, sólo por ser religiosos y decir saber mucho de “las ciencias teológicas” o de experiencias de un pasado, basadas en obras muertas? Creo que estamos muy equivocados en cuanto a nuestra apreciación y discernimiento espiritual. Todo deberá de ser pesado y evaluado dentro de la congregación. Leamos: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Jn. 4:1).
Entonces: ¿Cómo evaluar tu fe verdadera? Pues si somos más categóricos: no enfoquemos la fe únicamente en un aspecto o hecho particular. Por ejemplo: “Yo tengo fe ¡porque no uso medicina!” “Yo tengo fe, porque vengo a todos los cultos y tengo muchos privilegios”. “Yo tengo fe porque oro mucho, ayuno, doy diezmos, ofrendas y vengo temprano”. Todo eso está excelente. Tal vez admirable.
Pero: ¿Cómo o cuál es tu actitud ante los hermanos, tu prójimo, pequeños o grandes, con poder o sin poder? Juzgas de continuo indiscriminadamente, hablas mal de cualquiera, no respetas autoridades, tienes odio, ira, rencor, avaricia, malicias, rebeldía, inconformidad, menosprecio, murmuras ante todo y por todo, etc. Creo que cada uno de nosotros debemos de ponernos en una balanza espiritual. En un lado: Jesús, sus principios y valores; y en el otro lado: los que, llamándose cristianos, no llenan las expectativas para salvación. «Dura es esta palabra, pero verdadera».
Amados hermanos, si somos honestos con Dios y con nosotros mismos, nuestra mejor actitud al leer esta carta, es que caigamos postrados de rodillas y pidamos auxilio y misericordia. Esta es la mejor manera de salir del engaño perverso y corrupto de la religión. Clamemos a Dios, humillémonos delante de su presencia y pidamos de ese nuevo nacimiento, mediante el Espíritu Santo. Leamos: “Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Jn. 5:4).
Así que, en esa naturaleza espiritual, cumplamos la meta del supremo llamamiento. Alcanzando la estatura y la plenitud de Cristo, para así llegar confiadamente al trono de su gracia para vida eterna. Así sea. Amén y Amén.
