Una de las más grandes promesas de Dios para su pueblo, fue la de derramar el Espíritu Santo. Y nuestro Señor Jesucristo confirmó esto, diciendo: “…Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Jn. 16:7-8). Uno de los efectos de la presencia de Dios en nuestra vida, es que nuestro corazón sea quebrantado; y en su lugar, nos sea puesto un corazón nuevo, de carne; es decir, blando y sensible a la voz de Dios.
Nuestro Dios, hasta el día de hoy nos habla constantemente y sin cesar. Nos hace conocer su voluntad, nos hace andar en sus caminos, guardando sus preceptos y poniéndolos por obra. Leamos: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ez. 36:26-27). Así de bueno es nuestro Dios. Nos da todo lo necesario para vivir de acuerdo al plan de vida para sus hijos.
Esto es maravilloso. Desgraciadamente, para algunos de nosotros, llegan momentos en los que quizás por los afanes del diario vivir o por costumbrismo rutinario, nos empezamos a acomodar en una vida religiosa. En donde estamos dentro de la iglesia, participamos de muchos privilegios y del servicio a Dios incluso, pero nuestro corazón empieza a endurecerse nuevamente y poco a poco. No estamos hablando necesariamente de pecados espantosos o escandalosos; sino de un adormecimiento espiritual, en donde dejamos de percibir lentamente lo espiritual y nos conformamos a una vida por inercia, sin sentimientos genuinos.
Esto es como una enfermedad. Y, por tanto, la dureza en el corazón tiene síntomas. Dentro de ellos mencionemos algunos: 1) Falta de interés en congregarnos y en la comunión, leamos: “…no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca” (He. 10:25).
2) Menosprecio a la palabra escrita y predicada. En donde se busca muchas veces intencionalmente, evadir escuchar lo que Dios ha puesto en los labios de sus siervos. Buscando pretextos aun eclesiásticos o materiales; y no digamos la falta de escudriñar las Escrituras, con la necesidad de encontrar lo que Dios quiere darnos, leamos: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones…” (2 P. 1:19).
3) Falta de oración y quebrantamiento. El gran problema de esto, es que no es algo visible como tal, pero que se manifiesta en nuestra conducta. Quizás te puedas preguntar: ¿Por qué mi carácter no cambia o por qué siento esta debilidad o flaqueza? La respuesta es: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Ti. 1:7). Allí está Dios, dispuesto a darnos todo lo que necesitamos. Los que fallamos somos nosotros al no buscar como se debe, según dice la Escritura: “Buscad a Jehová y su poder; Buscad siempre su rostro” (Sal. 105:4).
4) Altivez frente a la corrección. Podemos considerar que nadie nos pueda o deba decir que no estamos haciendo bien alguna cosa. Y peligrosamente, cerramos nuestros oídos y corazón a la voz de Dios mismo, leamos: “No menosprecies, hijo mío, el castigo de Jehová, Ni te fatigues de su corrección; Porque Jehová al que ama castiga, como el padre al hijo a quien quiere” (Pr. 3:11-12). Y así podríamos seguir describiendo otras manifestaciones del endurecimiento. Pero lo más importante es que cada uno de nosotros examine su vida, para ver si estamos siendo afectados de ese mal.
Más importante aún es poder entender que Dios en su misericordia tiene la sanidad para nuestros males. Y por esto permite que a nuestra vida vengan momentos de prueba y aflicción, para que de nuestro corazón se desprendan esas impurezas que necesitan ser quitadas de nosotros. Es un acto inteligente del Señor, llevarnos a un despertamiento espiritual. En donde la conciencia y el Espíritu de Dios, nos hacen meditar y reflexionar para poder entender que todo en él tiene un propósito para la vida de aquellos que buscamos agradarlo (léase Job 33).
Amado hermano, te invito a que no desaprovechemos esos momentos en donde Dios trata directamente sobre nuestra vida y encontremos la sanidad espiritual que necesitamos. De manera que podamos salir de un adormecimiento, descuido o endurecimiento, que pueda estar frenando nuestro crecimiento espiritual. Y podamos decirle a Dios: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Sal. 51:10).
Gracias Señor, por las pruebas que vienen a mi ser; pues por ellas puedo crecer. Que Dios te bendiga y te ayude hoy y siempre. Amén.
