¿Virtudes o requisitos para ser perdonados? Pareciera inconcebible pensar que para recibir el perdón necesito llenar requisitos o procedimientos. Sin embargo, advierto que el perdón y la misericordia: ni se compran ni se venden; no tienen precio tangible materialmente; no se merecen ni se pueden exigir. Son intangibles, pero de un valor incalculable, evidenciable y eterno. Esto es por gracia, y como tal, es un don Divino, un regalo, producto del amor “Ágape”. Ese amor espiritual, inmensurable y eterno, que es la esencia y naturaleza de nuestro Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores. El Dios eterno, «el Elohim». Entendiendo que: “…de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén” (Ro. 11:36).
El perdón es un otorgamiento exclusivo del que ha sido agraviado. Y en todo caso, cualquier pecado o transgresión es esencialmente contra Dios. Ya que representa una desobediencia a su ley moral, una ruptura de su voluntad y una falta de confianza en su bondad, inteligencia, amor y sabiduría. Esto, aunque independientemente sea un daño a él como Dios o al prójimo. Leamos: “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1 Jn. 3:4). Dice David en plena conciencia de su pecado: “CONTRA TI, CONTRA TI SOLO HE PECADO, Y he hecho lo malo delante de tus ojos; Para que seas reconocido justo en tu palabra, Y tenido por puro en tu juicio” (Sal. 51:4).
Ahora, la buena pregunta sería: ¿Y cuántos hombres necesitamos ser perdonados? El problema es que el pecado está ligado directamente a toda carne. Leamos: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Ro. 5:12). Además: “…por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios…” (Ro. 3:23). También dice: “…No hay justo, ni aún uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios” (Vs. 10-11).
Partiendo de esta premisa, en que todos somos transgresores y, por ende, pecadores, todos necesitamos el perdón y la misericordia. Luego la pregunta: ¿Y por qué no todos alcanzan el perdón? Si Cristo murió por toda la humanidad, por qué “son pocos son los que se salvan” (léase Lucas 13:23-24). ¿Será que habrá requisitos para alcanzar el perdón y la misericordia? Definitivamente sí. Pero Dios es el que pone las reglas y no los hombres (transgresores).
El hombre a través de todas las edades, ha buscado personalmente, en comunidad, y de muchas maneras, la justificación o perdón de sus pecados, para acallar su conciencia o culpa ancestral. Esmerándose en la práctica de variedades de cultos, rituales, religiones, etc. Desde los más sublimes, hasta las prácticas más excéntricas y ofensivas, supuestamente para acercarse a Dios y recibir el perdón. Sin embargo, sólo hay una actitud que sensibiliza y enternece el corazón de Dios. Y esta es la que él en su justicia perfecta toma en cuenta. Dice la palabra: “Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; No quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; AL CORAZÓN CONTRITO Y HUMILLADO NO DESPRECIARÁS TÚ, OH DIOS” (Sal. 51:16-17).
Además: “¿Con qué me presentaré ante Jehová, y adoraré al Dios Altísimo? ¿Me presentaré ante él con holocaustos, con becerros de un año? (…) ¿Daré (…) el fruto de mis entrañas por el pecado de mí alma? (Por el perdón y la misericordia) (…) Y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia y HUMILLARTE ANTE TU DIOS” (Mi. 6:6-8). Además: “Porque Jehová es excelso, y atiende al humilde, Mas al altivo mira de lejos” (Sal. 138:6). También: “…él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (Stg. 4:6).
Con todo lo anterior, diremos que la humildad es un requisito fundamental en el entendimiento del carácter de Cristo y Dios es: «grandemente humilde». Pero la humildad tiene características muy particulares que son evidentes y estas incluyen todas las que van encaminadas a una actitud permanente de sumisión confiada a su gracia y su palabra. Y como plena manifestación es él reconocer nuestros errores e incapacidades, saber pedir ayuda, admitir nuestra ignorancia en nuestro desenvolvimiento. Con estas virtudes seremos capaces de iniciar una carrera hacia la eternidad: perdonando y perdonándonos.
Pero aún hay otro requisito importante para alcanzar el perdón y la misericordia. Y es el otorgamiento de perdón a nuestros enemigos y agresores. Amándolos, independientemente de sus acciones. Dice el Señor: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mt. 6:14-15). Dice, además, respecto a la actitud divina: “Con el misericordioso te mostrarás misericordioso, Y recto para con el hombre íntegro” (Sal. 18:25).
Todo esto habla de algunos de «los requisitos para obtener el perdón». Y esto no como la imposición de una ley, sino porque es Dios: “…el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13). Esto no es evidenciado en todos, sino en aquellos que luego de su visitación y conversión, han nacido de nuevo por la obra maravillosa del Espíritu Santo.
Aunque hay muchos otros requisitos para obtener el perdón de nuestros pecados, he enfatizado en estos, ya que Jesús en su maravilloso cumplimiento de la voluntad del Padre y usando su misma voz, enfatizó: “Porque misericordia quiero, y no sacrificio…” (Os. 6:6). Esto significa: el amor a otros, sobre los rituales.
Roguemos a Dios ser imitadores de Cristo en cuanto a su humildad, bondad, perdón, misericordia, amor y alcanzaremos ese grandioso y eterno beneficio del perdón eterno para nuestras almas. Así sea. Amén y Amén.
