Dios nos envió a su Hijo, Cristo. Este es el mayor regalo de parte de Dios para el mundo, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, sino que tenga vida eterna. La historia de nuestro Señor Jesucristo no terminó en la cruz del Calvario. Para sus discípulos, en ese momento, la muerte de Jesús era el final de un ciclo en donde parecía que todo había terminado de la peor manera posible. Aquello que habían esperado y en lo que habían creído, se derrumbaba en ese momento. Posiblemente, entiendes lo que esto significa. Hemos atravesado circunstancias en las que ya no tenemos esperanza.
Pero tenemos una buena noticia: ¡en el Señor Jesús hay vida, poder y esperanza! «Él es salud». La vida del hombre sin Dios, es triste, vacía y sin sentido. El pecado corrompe al ser humano y esto afecta de manera espiritual y aun material al hombre. Cuando Cristo vive en nuestro corazón podemos experimentar un estado de bienestar físico, mental, espiritual, etc. Por medio de la palabra el Señor ordena nuestra vida, nuestros pensamientos y acciones, para ser libres de los efectos del pecado.
Además, el Señor también «es paz y perdón». Hemos vivido experiencias en donde sentimos que hay un antes y un después. Han venido pruebas a nuestra vida, enfermedades, pérdidas, decisiones que afectan la ruta o el camino que llevamos. Lo más difícil es cuando se vuelven periodos largos que nos hacen sentir duda e incertidumbre. Sin embargo, el Señor nos ofrece esa paz única y que sólo él da. Y también nos comprende por su misericordia y nos otorga el perdón, juntamente con una nueva oportunidad.
Cristo «vivió y murió por mis pecados». El sacrificio de Jesús fue un acto sublime de amor por tu alma y por la mía. Su estancia sobre esta tierra tenía como propósito dejarnos un modelo de vida de servicio y obediencia, leamos: “…Cristo Jesús (…) no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo (…) y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre…” (Fil. 2:5-9). ¡Aleluya!
En Cristo somos vivificados. Por eso: «vacía está la tumba, porque él venció». Cuando aquellas mujeres fueron al sepulcro, a buscar el cuerpo de Jesús, encontraron removida la piedra del sepulcro; y entrando, no hallaron el cuerpo. En medio de su confusión, dos varones con vestiduras resplandecientes les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado…” (Lc. 24:5-6). Ellas se recordaron de las palabras de Jesús, que al tercer día resucitaría. También leamos: “…y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén…” (Ap. 1:17-18).
Porque él vive, no temo el mañana. Mi amado hermano, en el mundo tendremos aflicciones. Pero cuando creemos que es el final de algo en nuestra vida, el Señor ya está haciendo cosas nuevas para sus hijos y para su pueblo. El apóstol Pedro, quien fue testigo de todo esto nos dice: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos…” (1 P. 1:3).
Porque él vive, mi temor se fue. No estamos solos. Dios ha prometido estar con nosotros, leamos: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Is. 41:10). Y si sentimos que no tenemos fuerzas, la palabra nos recuerda que: “…no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Ti. 1:7). ¡Gracias Señor!
Porque yo sé, que él conoce mi futuro. Estamos en las manos de Dios. Y el Señor le dice a su pueblo: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jer. 29:11). Y hemos visto las fieles promesas de un Dios que vive y permanece para siempre. Somos testigos, somos testimonio y somos la evidencia del poder de Dios en medio de este tiempo de maldad. Así que pongamos nuestras vidas y nuestros planes en la perfecta voluntad de Dios.
Todo esto nos lleva a una convicción personal para decir: «Yo sé que vale la pena vivir». Hay un propósito que es mayor a nuestra vida. Hay un plan que trasciende los tiempos, es eterno y eso tiene sentido. Y para ello, nuestra estancia sobre esta tierra debe de honrar a aquel que nos amó, nos llamó y nos escogió para ser participantes de su reino. La palabra nos dice: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Col. 3:1-2).
Porque él vive en mí. Debe ser Cristo quien gobierne y dirija todos mis pasos, para que podamos decir: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá. 2:20).
Cuando él vive en mí, ya no recorremos solos el camino ni las circunstancias de la vida. Además, cambia nuestra perspectiva al tener esperanza en todas las cosas, por medio de Jesucristo. Que Dios les bendiga. Amén.
