Amados hermanos y amigos: Va para todos los hijos de Dios y redimidos por Cristo, esta fundamental reflexión. Aunque parezca irrelevante, lleva una profundidad tan vasta que trasciende a la eternidad. Y es: «esa virtud de la paciencia», la cual, paulatina y continuamente se va perdiendo en todo ser humano, ante la demanda y metodología de un sistema gobernado por Satanás, quien trata de simplificar la vida cotidiana del hombre. Sin importar la ruptura de los procesos y leyes naturales establecidas por Dios, para mantener un equilibrio armónico y perfecto de todo lo creado por su poder, inteligencia y sabiduría.
Ninguna ley, principio o proceso, es por capricho ni casualidad. Hay muchos propósitos santos, delicadamente entrelazados con gran creatividad y sabiduría. Para que cada ser, visible o invisible, temporal o eterno, coincida sincrónicamente con un proyecto perfecto en el que toda criatura sea beneficiada y bendecida, según el programa del Creador, «el Elohim, el Adonai, YHWH (Yo soy el que soy)». Nada existente escapa de su visión eterna. Él estableció el tiempo sobre todo lo creado. Leamos: “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora” (Ec. 3:1).
Y siendo que todo tiene su tiempo y espacio, hay un proceso individual o personal para cada cosa y principalmente el ser humano, que es la corona de la creación. Fuimos creados a imagen y semejanza de él, con inteligencia, consciencia y libre albedrío. Y somos los más grandes beneficiarios de cada estrategia y lineamiento establecido, ya que dependemos de ellos para la vida y la muerte. Si apreciamos la naturaleza y sus principios, vemos que cada elemento y especie se mueve mediante su tiempo particular.
Cada semilla individualmente, al caer en la tierra iniciará un proceso de germinación progresiva, espontánea y maravillosa. Y es del hombre sabio: sembrar, cuidar, regar, abonar y podar en su tiempo. Para luego, esperar con paciencia el fruto de aquella semilla y de aquel cuidado. Así el crecimiento, desarrollo, sazón y madurez, vendrán también a su tiempo. Leamos: “Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos; sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin” (V. 11).
Asimismo, sale el sol, luego se oculta, aparece la luna y se visualizan las estrellas. Las estaciones, cada una, cíclicamente en su tiempo. Y mientras eso sucede, la tierra gira alrededor de ella y a su vez del sol. Y cada planeta en su dinámica, sin chocar uno contra otro. Y mientras tanto, nacen hombres, animales y plantas; y cada ciclo sigue siendo perfecto. ¡Aleluya! Con todas estas maravillas: ¿qué significa la paciencia?
La paciencia es una forma extraordinaria de entendimiento, de parte nuestra, de la grandeza de un Dios perfecto. Aceptando sin filosofías, discusiones, razonamientos, argumentaciones y aun por la mal llamada ciencia: la sabiduría eterna del Altísimo. Y saber esperar el tiempo de Dios y sus procesos, los cuales escapan muchas veces del razonamiento limitado y del alcance sensorial del hombre. La paciencia es una verdadera forma de entrega espiritual, una manera de reconocimiento claro, de que todo vendrá a su tiempo y en la presencia viva de Dios. Honestamente aplicado a todo evento de la vida, en el tiempo que Dios nos permita respirar, amar y vivir, sobre su creación.
El principio fundamental del fracaso de Adán, fue el aceptar en su mente la siembra de la duda, desvirtuando toda soberanía divina en su alma. Aceptó el ser como Dios y su necio corazón fue lleno de tinieblas. Amó a las criaturas antes que al creador. Y ante semejante blasfemia, Dios lo entregó a un espíritu de error. El pecado se enseñoreó de toda la creación, cayendo en maldición. Esta consecuencia materialista y satánica, ha llevado a la humanidad a acelerar todo proceso artificialmente. Los transgénicos, frutas y verduras que crecen al doble, mezclas híbridas de animales aparentemente más fuertes, alteraciones hormonales y translocaciones genéticas, pretendiendo crear vida.
Todo esto por avaricia, soberbia, ansias de grandeza y poder, pretendiendo competir y contender con Dios. Y esta maldición los llevará a enfermedades incurables, monstruosidades, degeneración de las especies, y a la muerte y consecuente castigo eterno. Ante esta debacle humana no hay salida ni esperanza. Sin embargo, Dios en su infinito amor y misericordia creó un plan perfecto para salvación, que es por medio de la fe. ¿Y qué es la fe? Es el esperar con paciencia el tiempo de Dios. De allí, que cada uno de los redimidos estamos circunscritos a esperar en que, sin merecerlo, Dios a su tiempo hará evidenciable nuestra libertad del sistema del mundo.
La paciencia es sinónimo de fe y está ligada íntimamente, ya que: “…sin fe es imposible agradar a Dios…” (He. 11:6). “mas el justo por su fe vivirá” (Hab. 2:4). Además: “Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos” (Ro. 8:24-25). Este mundo no es nuestro hogar y debemos ejercitarnos en la fe y la paciencia. Para esto, las pruebas son vitales en cada aspirante a la vida eterna. Leamos: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales…” (Stg. 1:2-4).
Estoy convencido de que la paciencia no es algo natural del pecador. Y para esto fuimos traídos a este camino, para aprender con el ejemplo de Jesús, entre otras cosas, a confiar plenamente en Dios. Aceptando su soberana voluntad en sabiduría. Para esto, nadie es competente. Pero confiamos en que: “…el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo…” (Fil. 1:6). Que Dios nos ayude mediante su palabra y Espíritu, a esperar pacientemente en plena fe que hemos de ser salvos en él y para él. Así sea. Amén y Amén.
