“En el reino de los cielos toda victoria es peleada”

2 octubre, 2026

Qué cosa más satisfactoria y agradable es disfrutar de algún éxito, logro o victoria. Una edificación terminada, un proceso ganado, una enfermedad superada, un milagro evidenciado, etc. Pero si hacemos un resumen de todas las complejas etapas para llegar al feliz término de un proyecto, hay que hacer notar el alto y considerable precio real de aquella meta alcanzada. Y alguien que no lo paga ni vive ni sufre, es capaz hasta de menospreciar y ridiculizar a aquellos que con gran esfuerzo tuvieron un logro. Este es el caso de aquellos hijos de acaudalados: “niños bonitos”, que desde su infancia aprendieron sólo a exigir y extender la mano para tener.

Estos no son capaces de valorar el precio ni el sacrificio de su padre; y si llegan a heredar, lo derrochan hasta acabar, aun maldiciendo a su progenitor. Esta es la realidad acerca de desconocer el origen de las riquezas y las herencias, que no son casuales ni gratuitas. Alguien, en algún momento pagó el precio con gran trabajo, entregando su vida. Leamos: “El labrador, para participar de los frutos, debe de trabajar primero” (2 Ti. 2:6). Aquel hombre tiene que arar, sembrar y cuidar la tierra. Esto requiere ánimo, diligencia y esfuerzo. Además: “No hay cosa mejor para el hombre sino que coma y beba, y que su alma se alegre en su trabajo…” (Ec. 2:24).

Si vamos a los orígenes, encontramos que Adán, de pronto aparece en un paraíso. Nunca vio ningún proceso de creación. Lo tenía todo, disponía de recursos y poder sobre lo creado. Pidió aun mujer y la tuvo. Luego se creyó Dios y menospreció su paternidad, sin saber que sin ella no era nada. Ante esto, Dios tuvo que tomar una decisión radical: desterrarlo y llevarlo a una condición en una tierra árida, sin frutos ni esperanza, para que valorara lo que cuesta crear y tener un paraíso que no se hace solo, alguien lo tiene que trabajar.

Si analizamos este principio bajo la perspectiva espiritual, vemos que el hombre al transgredir las leyes y principios divinos, estaría destituido de la gloria de Dios, en una circunstancia de “muerte espiritual y física”. Leamos: “…el alma que pecare, esa morirá” (Ez. 18:4). “…por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios…” (Ro. 3:23). Es Dios quien establece un juicio completo con su correspondiente veredicto: «culpable»; y la pena es la muerte. Sin embargo, Dios ama a su criatura y quiere salvarla de la muerte.

Pero hay un obstáculo irrevocable y es que él no puede sobrepasar su ley establecida. Para exculparlo, lo único que podía hacer era pagar el precio por el pecado. Y esto no de cualquiera, sino el costo sobre él, siendo que era el único libre de semejante maldición por el pecado. Tuvo que hacerse «él mismo maldición» para sobrellevar el pecado de toda la humanidad, leamos: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, EL JUSTO POR LOS INJUSTOS, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu…” (1 P. 3:18).

Hoy cada uno de nosotros recibimos una salvación maravillosa y totalmente gratuita, exenta de obras, penitencias, sacrificios y rituales. Gratuita para ti y para mí, pero alguien tuvo que amar, analizar, crear estrategias espirituales sin transgredir leyes. Y al final: «Cristo paga», mediante una vida íntegra, con una convivencia real. Sufriendo odio, injusticias, pobrezas, pruebas, dolor físico, moral, debilidad en su carne y al final, con su muerte como ofrenda perfecta: el precio de sangre. Ocupando nuestro lugar y haciéndose pecado justificó nuestras almas para una vida eterna con él.

Ahora, luego de ser libres del pecado, él nos da de su Espíritu que es parte de su naturaleza y de su esencia. Y mediante un nuevo nacimiento, brota un nuevo ser en mí, que debe de ser casi una replica de él, en su manera de amar, pensar y actuar. Un espíritu sacrificial y de servicio, espontáneo, libre y digno. Leamos: “…hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo…” (Ef. 4:13).

Los redimidos y nacidos de nuevo, hemos valorado plenamente que todo lo que Dios ha hecho por nuestra salvación tiene un precio incalculable. Ahora el reto para nosotros, la iglesia, es tomar esa misma ruta con un sentimiento y agresividad en el Espíritu. Siguiendo las pisadas del Maestro, bajo la idea de rescatar las almas de la condenación eterna, entregando este mensaje de buenas nuevas al mundo entero, de la reconciliación de Dios con los hombres, mediante Jesucristo. Y aquí empieza el verdadero problema, que es el enfrentarse en una guerra contra un reino espiritual de maldad, en donde las batallas y la adversidad son reales. Leamos: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo…” (Ef. 6:12).

Estamos en territorio enemigo

Qué cosa más satisfactoria y agradable es disfrutar de algún éxito, logro o victoria. Una edificación terminada, un proceso ganado, una enfermedad superada, un milagro evidenciado, etc. Pero si hacemos un resumen de todas las complejas etapas para llegar al feliz término de un proyecto, hay que hacer notar el alto y considerable precio real de aquella meta alcanzada. Y alguien que no lo paga ni vive ni sufre, es capaz hasta de menospreciar y ridiculizar a aquellos que con gran esfuerzo tuvieron un logro. Este es el caso de aquellos hijos de acaudalados: “niños bonitos”, que desde su infancia aprendieron sólo a exigir y extender la mano para tener.

Estos no son capaces de valorar el precio ni el sacrificio de su padre; y si llegan a heredar, lo derrochan hasta acabar, aun maldiciendo a su progenitor. Esta es la realidad acerca de desconocer el origen de las riquezas y las herencias, que no son casuales ni gratuitas. Alguien, en algún momento pagó el precio con gran trabajo, entregando su vida. Leamos: “El labrador, para participar de los frutos, debe de trabajar primero” (2 Ti. 2:6). Aquel hombre tiene que arar, sembrar y cuidar la tierra. Esto requiere ánimo, diligencia y esfuerzo. Además: “No hay cosa mejor para el hombre sino que coma y beba, y que su alma se alegre en su trabajo…” (Ec. 2:24).

Si vamos a los orígenes, encontramos que Adán, de pronto aparece en un paraíso. Nunca vio ningún proceso de creación. Lo tenía todo, disponía de recursos y poder sobre lo creado. Pidió aun mujer y la tuvo. Luego se creyó Dios y menospreció su paternidad, sin saber que sin ella no era nada. Ante esto, Dios tuvo que tomar una decisión radical: desterrarlo y llevarlo a una condición en una tierra árida, sin frutos ni esperanza, para que valorara lo que cuesta crear y tener un paraíso que no se hace solo, alguien lo tiene que trabajar.

Si analizamos este principio bajo la perspectiva espiritual, vemos que el hombre al transgredir las leyes y principios divinos, estaría destituido de la gloria de Dios, en una circunstancia de “muerte espiritual y física”. Leamos: “…el alma que pecare, esa morirá” (Ez. 18:4). “…por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios…” (Ro. 3:23). Es Dios quien establece un juicio completo con su correspondiente veredicto: «culpable»; y la pena es la muerte. Sin embargo, Dios ama a su criatura y quiere salvarla de la muerte.

Pero hay un obstáculo irrevocable y es que él no puede sobrepasar su ley establecida. Para exculparlo, lo único que podía hacer era pagar el precio por el pecado. Y esto no de cualquiera, sino el costo sobre él, siendo que era el único libre de semejante maldición por el pecado. Tuvo que hacerse «él mismo maldición» para sobrellevar el pecado de toda la humanidad, leamos: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, EL JUSTO POR LOS INJUSTOS, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu…” (1 P. 3:18).

Hoy cada uno de nosotros recibimos una salvación maravillosa y totalmente gratuita, exenta de obras, penitencias, sacrificios y rituales. Gratuita para ti y para mí, pero alguien tuvo que amar, analizar, crear estrategias espirituales sin transgredir leyes. Y al final: «Cristo paga», mediante una vida íntegra, con una convivencia real. Sufriendo odio, injusticias, pobrezas, pruebas, dolor físico, moral, debilidad en su carne y al final, con su muerte como ofrenda perfecta: el precio de sangre. Ocupando nuestro lugar y haciéndose pecado justificó nuestras almas para una vida eterna con él.

Ahora, luego de ser libres del pecado, él nos da de su Espíritu que es parte de su naturaleza y de su esencia. Y mediante un nuevo nacimiento, brota un nuevo ser en mí, que debe de ser casi una replica de él, en su manera de amar, pensar y actuar. Un espíritu sacrificial y de servicio, espontáneo, libre y digno. Leamos: “…hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo…” (Ef. 4:13).

Los redimidos y nacidos de nuevo, hemos valorado plenamente que todo lo que Dios ha hecho por nuestra salvación tiene un precio incalculable. Ahora el reto para nosotros, la iglesia, es tomar esa misma ruta con un sentimiento y agresividad en el Espíritu. Siguiendo las pisadas del Maestro, bajo la idea de rescatar las almas de la condenación eterna, entregando este mensaje de buenas nuevas al mundo entero, de la reconciliación de Dios con los hombres, mediante Jesucristo. Y aquí empieza el verdadero problema, que es el enfrentarse en una guerra contra un reino espiritual de maldad, en donde las batallas y la adversidad son reales. Leamos: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo…” (Ef. 6:12).

Estamos en territorio enemigo y Satanás no querrá soltar nunca las almas esclavas del pecado. Y, aunque nunca en la dimensión de Cristo, cada uno de los que servimos de todo corazón, tendremos que sufrir muchas veces las embestidas del adversario; algo mínimo que pagar y esto lleva a mantenernos firmes en la doctrina, en la oración, en la fe y esperanza, con la plena certeza de que si Cristo venció, nosotros en él, también seremos más que vencedores.

Amado hermano que militas dentro del ejército de Dios, no nos acobardemos ante cualquier embate del enemigo, sabiendo que es más grande el que está con nosotros. El enemigo tratará de desanimarte con escaseces, enfermedades, problemas familiares, laborales y calumnias aun dentro de la misma iglesia. Pero tú, permanece firme, incólume, dependiendo del único Dios todopoderoso, quien nos llamó, nos contrató y aun nos respalda para semejante labor. Recordemos que: “Si sufrimos (con él), también reinaremos con él (2 Ti. 2:12).

Ánimo hermanos, adelante. “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos” (Gá. 6:9). Amén.

y Satanás no querrá soltar nunca las almas esclavas del pecado. Y, aunque nunca en la dimensión de Cristo, cada uno de los que servimos de todo corazón, tendremos que sufrir muchas veces las embestidas del adversario; algo mínimo que pagar y esto lleva a mantenernos firmes en la doctrina, en la oración, en la fe y esperanza, con la plena certeza de que si Cristo venció, nosotros en él, también seremos más que vencedores.

Amado hermano que militas dentro del ejército de Dios, no nos acobardemos ante cualquier embate del enemigo, sabiendo que es más grande el que está con nosotros. El enemigo tratará de desanimarte con escaseces, enfermedades, problemas familiares, laborales y calumnias aun dentro de la misma iglesia. Pero tú, permanece firme, incólume, dependiendo del único Dios todopoderoso, quien nos llamó, nos contrató y aun nos respalda para semejante labor. Recordemos que: “Si sufrimos (con él), también reinaremos con él (2 Ti. 2:12).

Ánimo hermanos, adelante. “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos” (Gá. 6:9). Amén.