Cuando se declara la guerra entre dos naciones, a ambas les interesa conocer bien el terreno geográfico y los puntos estratégicos para poder ubicar bien al enemigo. La batalla invisible a la que nos referimos en este estudio es a la que menciona el apóstol Pablo, al expresarse de esta manera: “Porque no tenemos lucha contar sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes de maldad en las regiones celestes” (Ef. 6:12).
Esta expresión que utilizó el apóstol Pablo: “en las regiones celestes”, se refiere a un campo invisible. Los creyentes verdaderos debemos de estar bien ubicados para poder librar correctamente las batallas. Porque el enemigo no es como lo enseña la mitología o algunas religiones con formas específicas, con cachos, cola, con un tridente en la mano y de color rojo. Debes entender perfectamente que el enemigo es espiritual y se manifiesta de diferentes formas, aun agradables a la vista.
¿Cómo opera el enemigo?
Pues en el mundo, su estrategia especial es el pecado, manifestado por medio de la mentira, el engaño, el sexo ilícito, la frustración, el placer, etc. Como lo describe la palabra de Dios, leamos: “…y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos” (2 Tes. 2:10). Cada creyente conforme a su capacidad espiritual, así librará sus batallas.
Cuando en una persona hay falta de ministración del Espíritu de Dios, llegarán muchas confusiones a su mente, por no estar bien ubicado y cimentado en la palabra. Satanás lo derribará fácilmente. Son de aquellas personas que no logran librar esa batalla contra las huestes espirituales. También hay batallas que se libran con un alto impacto. A esto se le conoce como la batalla invisible contra potestades y gobernadores de las tinieblas.
Una de ellas fue la que libró nuestro Señor Jesucristo. Léase: “…y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Col. 2.15). Tan grande fue este impacto, que exhibió al diablo sin sus armas destructivas delante de los creyentes. Para que nosotros tengamos la misma victoria, así como él lo hizo. ¡Gloria a Dios por este ejemplo! Porque estando él en la carne, así como nosotros, y siendo que su adversario era invisible ¡lo derrotó!
Debemos de estar conscientes, que cuando nos enfermamos se libra una gran batalla en nuestra mente. Es un momento para hacer uso de nuestra fe. Cuando pasamos por momentos de pruebas, debemos de hacer uso de la palabra, para no quedarnos frustrados y salir siempre victoriosos. La palabra del Señor dice: “Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento” (2 Co. 2:14).
Vistiendo la armadura de Dios
Es maravilloso saber que a todos los que creemos en el Señor, él nos viste con la armadura necesaria para poder estar siempre firmes. Una de nuestras armas es llevar siempre la verdad. Así como tener la coraza de la justicia, que es una vida recta delante de Dios. Y calzados los pies, con el apresto del evangelio de la paz. Cuando estamos en paz con Dios, tenemos un equilibrio total en nuestro ser.
Sobre todo, tomar el escudo de la fe, para poder apagar los dardos de fuego del maligno. Y el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios. Estas partes conforman la armadura de un soldado para protegerse y pelear; y tienen mucho significado para nosotros, para no dar lugar al diablo. Hay ejemplos en la palabra, en donde podemos aprender mucho.
Leamos: “Aconteció (…) en el tiempo que salen los reyes a la guerra, que David envió a Joab, y con él a sus siervos y a todo Israel, y destruyeron a los amonitas, y sitiaron a Rabá; pero David se quedó en Jerusalén. Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real; y vio desde el terrado a una mujer que se estaba bañando, la cual era muy hermosa. Envió David a preguntar por aquella mujer, y le dijeron: Aquella es Betsabé hija de Eliam, mujer de Urías heteo. Y envió David mensajeros, y la tomó; y vino a él, y él durmió con ella…” (2 S. 11:1-4).
Esta ha sido una de las peores derrotas que sufrió David en el campo de la batalla invisible. A pesar de que él era un guerrero invencible en la batalla campal, en el campo espiritual no logró darse cuenta de dónde vino el dardo del enemigo que le causó mucho daño. Por esto la palabra del Señor nos recomienda: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Stg. 4:7).
También la palabra nos recomienda: “Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que nuestro ánimo no se canse hasta desmayar. Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado…” (He. 12:3-4). A Satanás le interesa despojarte de tu armadura.
Mis amados hermanos, la batalla invisible es una realidad. Para poder entenderla y poder verla, necesitamos de la recomendación de la palabra de Dios, que nos dice: “sed llenos del Espíritu”. Que Dios les bendiga. Amén.
