“El pleno conocimiento de Cristo nos lleva a Dios”

5 septiembre, 2026

Amados hermanos y lectores: Quiero afirmar hoy, una vez más, que nuestra «meta de metas», como redimidos por Jesucristo, es sin lugar a dudas: «El Padre». Quien es el origen de todas las cosas contenidas en él, toda la plenitud de su esencia y poder, porque: “…Jehová nuestro Dios, Jehová uno es” (Dt. 6:4), (A.T. Ley). Y Jesús lo corroboró al decir: “Y Jesús lo corroboró al decir: El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es” (Mr. 12:29), (N.T. Gracia). Véase, además: Santiago 2:19, 1 Timoteo 2:5, Gálatas 3:20, Isaías 46:9 y Zacarías14:9.

Dios en su sola soberanía, infinito poder y gracia, siendo uno, se ha manifestado elocuentemente a través de las edades. Reitero: «siendo uno», en «tres funciones esenciales y especiales»: como el Padre eterno, como El Hijo y como el Espíritu Santo, las cuales son circunstanciales y temporalmente bien definidas. Dios las ha dado por amor, para comprensión del hombre. Ya que este, al perder la dimensión de lo espiritual, necesita algo más objetivo para creer. Sin embargo, esto se ha analizado teológica y religiosamente en forma, sin lugar a dudas, «totalmente equivocada».

Dando vida a algo que no encaja con una función, sino como una nueva entidad espiritual. Siendo esta: “La Santísima Trinidad”, constituyendo un “nuevo dios adicional”, lo cual es antibíblico. Esto fue agregado posteriormente, mediante discusiones teológicas e históricas en el año 325, en el concilio de Nicea y en el 381 D.C., en el concilio de Constantino. Aquí se desató un conflicto radical entre el obispo Alejandro y el sacerdote Arrio. Hubo excomuniones, debates violentos y casi una guerra civil. Y mediante estos concilios, la iglesia católica establece esta nueva doctrina, que más alumbra a un ecumenismo de conveniencia social, religiosa y política, que a una doctrina amparada por Dios y las Sagradas Escrituras.

Con todo este contexto podemos sentirnos más libres, en el sentido de entender todos los procesos espirituales, en función del plan de Dios para salvación y llevarnos a la eternidad con el Padre. Para ello necesitamos comprender que siempre, para alcanzar una meta u objetivo, habrá una ruta o procedimiento. Y el hombre, inicialmente fue creado “a imagen y semejanza de Dios”, en donde la relación y comunicación era perfecta. Pero luego que comete el pecado, por decisión propia, en su libre albedrío, este muere por que Dios lo había advertido. Leamos: “…mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn. 2:17). Además: “El alma que pecare, esa morirá…” (Ez. 18:20).

En esta condición, se pudo haber terminado la historia del triste hombre. Sin embargo, Dios ama a su criatura y a pesar de la transgresión quiere salvarlo. Y el plan tendría que ser dentro de un marco legal, porque Dios no se pasa sobre sus mismas leyes. Por eso desde el principio, en él Génesis, ya se advierte del advenimiento y obra redentora venciendo al maligno, leamos: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya, esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gn. 3:15). Esta es la primera profecía mesiánica, respecto al actuar de Jesucristo como la ofrenda perfecta en propiciación de nuestros pecados.

Aquí habla de la destrucción total, mediante una herida en la cabeza precisamente a la serpiente. Esta promesa, luego de muchos procesos de aprendizaje y batallas espirituales, es culminada en el monte Calvario. Jesús, siendo en ese momento la manifestación plena del Dios eterno, se materializa para cumplir una labor de enseñanza. Leamos: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad” (Col. 2:9-10).

Conocer a Jesucristo no es cosa trivial. Es conocer el plan y la única ruta trazada por Dios para la salvación del hombre, mediante el perdón de sus pecados. Leamos: “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6). Jesús además advierte: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí…” (Jn. 5:39). ¿Qué significa esto? Que sin el conocimiento pleno del camino, que es la vida, el actuar y las manifestaciones de Jesucristo, nunca podremos llegar a la meta que es el Padre.

Un día dejará de darse la función del Hijo y del Espíritu Santo, para que todo sea uno en Dios. Leamos: “…para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad…” (Jn. 17:21-23).

Amados hermanos, atendamos fehacientemente a esto: ¡Jamás llegaremos al Padre en su eternidad, sino por Jesucristo! ¿Y cómo conocer a Jesucristo? Significa poner toda nuestra atención a lo que la palabra nos evidencia y revela acerca de él. Y luego de conocerlo exhaustivamente, rogar al Padre que nos ayude a imitarlo en toda su plenitud.

Para ello será vital la asistencia pronta y continua de Dios, mediante la función perfecta del Espíritu Santo, el cual nos guiará siempre a la revelación de la justicia y la verdad. Tomando a su vez tu voluntad, la cual, cada quien por amor y entendimiento hemos de entregar. Considerando esta opción como la mejor alternativa de llegar a la meta que es el Padre.

Señor, revélanos al Hijo en ti y confirma nuestra salvación y condición de hijos, mediante tu Espíritu Santo, para mantener viva la certeza de una comunión eterna contigo en esa anhelada unidad. Amén y Amén.