“…y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Stg. 4:17). Viendo a nuestro alrededor, las cosas que suceden a nivel mundial, no podemos ignorar y mucho menos negar, que estamos viviendo tiempos finales. Fuertes terremotos en varios países, guerras, contaminación material y espiritual y degeneración a todo nivel. Y algo muy importante: la proliferación de falsos maestros. Señales advertidas claramente por nuestro Señor Jesucristo.
El apóstol Pablo dice: “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Ti. 4:3-4). Este problema lo vemos claramente hoy. En nuestros días se levantan maestros por doquier, con «fabulosas» ideas y conceptos novedosos de evangelios modernos. Pero carentes de una verdadera guianza hacia el arrepentimiento y cambio de vida en los que los escuchan. Convirtiéndose así en un mero entretenimiento, quizás con uno que otro concepto de moralidad humana.
Esto pareciera algo inofensivo, pero no lo es. Más bien es parte de una estrategia satánica muy elaborada, con la intención de desviar la mente del hombre para no obedecer a Dios. Leamos: “Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo. Porque si viene alguno predicando a otro Jesús que el que os hemos predicado, o si recibís otro espíritu que el que habéis recibido, u otro evangelio que el que habéis aceptado, bien lo toleráis…” (2 Co. 11:3-4).
Ahora, pensemos ¿Por qué se levantan tantos auto proclamados pastores o predicadores? Pablo, corrigiendo este mal, dice: “Como te rogué que te quedases en Éfeso, cuando fui a Macedonia, para que mandases a algunos que no enseñen diferente doctrina, ni presten atención a fábulas y genealogías interminables, que acarrean disputas más bien que edificación de Dios que es por fe, así te encargo ahora. Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida, de las cuales cosas desviándose algunos, se apartaron a vana palabrería, queriendo ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman” (1 Ti. 1:3-7).
Amado hermano, tú y yo corremos riesgo también. En el anterior pasaje vemos cómo algunos se desvían por disputas y se apartan del amor, hablando “vana palabrería.” Esto quiere decir, palabras carentes de VIDA. Es sólo teoría o letra, sin el respaldo de una vida práctica. Por eso el pasaje agrega: “sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman”. Pero la palabra dice: “…lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros, y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo” (1 Jn. 1:3).
Hacedores de la palabra
“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios. Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas. Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” (Stg. 1:19-22).
La recomendación es que seamos prontos para oír, tardos para hablar, y aún más tardos en airarnos. Santiago nos exhorta a recibir con humildad y mansedumbre la palabra, desechando toda malicia, para que esa palabra implantada produzca frutos en nuestra vida. Similar a lo que dice el salmista: “Una vez habló Dios; dos veces he oído esto”. Y: “Habla, que tu siervo oye”. No se puede ser un buen maestro sin antes ser buenos discípulos.
De esta forma podemos entender que los hombres de Dios nunca han buscado ser maestros o predicadores. Más bien han tenido un encuentro personal con Dios y han dejado que Dios transforme sus vidas. Luego, Dios los envía a dar testimonio de lo que han recibido, glorificándolo y agradeciéndole su eterna misericordia. Leamos: “Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros” (Mt. 10:19-20).
¿Cuál es el riesgo de saber y no hacer?
El riesgo es dar más importancia a tratar de demostrar lo que yo “sé”, antes de reflejar a Cristo en mi vida. Eso se vuelve un peligro que ha llevado a muchos hombres a un autoengaño. “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación” (Stg 3:1). El apóstol Santiago también nos invita a dar a conocer nuestra fe por medio de nuestras obras (vida).
Vivimos en un mundo sediento, no de predicadores, ya que de esos, hoy más que nunca hay muchísimos a la orden del día, para todos los gustos y opiniones. No, lo que este mundo necesita ver son hombres y mujeres que quizás sin muchas palabras, puedan dar a conocer el testimonio de Cristo.
Esto es lo que debe motivarnos mi querido hermano. El ejemplo de Jesús siempre fue de dar a conocer al Dios invisible a través de su vida personal; luego, también predicaba. Y tú, ¿Sabes mucho o vives para obedecer a Dios? Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina, porque haciendo esto te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren. Que Dios les bendiga. Amén.
