“Hay camino que parece derecho al hombre, Pero su fin es camino de muerte” (Pr. 16:25). El ser humano fue creado por Dios, para cumplir una función temporal mientras viva sobre esta tierra. A esa oportunidad, que se mide o se dimensiona en tiempo, se le llama «vida». Y Dios, en su soberanía y grande bondad, decide crear al hombre a su imagen y semejanza. Otorgando la capacidad del libre albedrío, para que el hombre, durante su existencia sobre esta tierra, pueda comprobar, escoger, elegir, decidir y actuar por sí mismo.
Para poder desarrollarse y afrontar el reto de tomar buenas o malas decisiones, tendrá que basarse en sus razonamientos, conocimiento, experiencias, testimonios, ejemplos, etc. Ante estos desafíos y con el deseo de encontrar un propósito de vida, nos encontramos con que tenemos que escoger un camino. Y ante esa elección, tendremos resultados agradables o consecuencias indeseadas, que nos harán avanzar, quedarnos estancados, o retroceder, según hayamos elegido.
Incluso, queriendo buscar otras oportunidades, podríamos trazar “nuevas rutas” para intentar alcanzar el objetivo o destino deseado. Sin embargo, la palabra del Señor, como una maravillosa guía para nuestra vida, nos habla sobre los principios bíblicos eternos que permanecen fieles por siempre. Leamos: “¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol” (Ec. 1:9).
La palabra siempre nos lleva hacia la sabiduría y nos transmite el conocimiento de lo verdadero. Podemos tratar de “avanzar” a prueba y error, pero, al final nos daremos cuenta que sólo fuimos guiados por la soberbia y la rebeldía, al no reconocer ni escuchar el consejo de Dios para nuestra vida.
Leamos: “El camino de los impíos es como la oscuridad; No saben en qué tropiezan” (Pr. 4:19). Ahora, cuando hablamos de «camino», hablamos de una ruta, una senda o un sendero para transitar. También de una vía de comunicación entre dos puntos. Y, por supuesto, de una forma de vida.
En el Libro de los Hechos de los Apóstoles, «el Camino» fue el nombre original de los primeros seguidores de Jesús, antes de ser llamados «cristianos» (léase Hechos 9:2 y 22:4). Esta expresión se refería a ellos por su estilo de vida, su seguimiento fiel a la doctrina y su forma de andar en la verdad de Jesús. El Señor no era una opción más de religión ni un conjunto de credos, sino ese ejemplo de vida que dejaba huella sobre este mundo, para enseñarnos el camino para regresar al Padre.
En una ocasión, hablando Jesús acerca de su misión en esta tierra y su labor de prepararnos un lugar para estar con él, uno de sus discípulos hizo una pregunta, que nos representa cuando muchas veces no sabemos cuál es la dirección o el rumbo que debe tomar nuestra vida. Leamos: “Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino? Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:5-6). El Señor Jesús nos muestra la ruta correcta que debemos seguir.
Y llegado a este punto, hay algunas preguntas para reflexionar: ¿Qué camino estoy recorriendo? ¿Hacia dónde me llevará el camino que he elegido? ¿Puedo cambiar el camino, si he escogido el incorrecto? Amado hermano y lector: ¡en el Señor Jesucristo podemos encontrar esperanza! En el pasaje inicial encontramos la repuesta a las dos primeras preguntas. Hay caminos que pueden parecernos agradables, placenteros o cómodos, para nuestra carne. Es más, puede que no parezcan “tan malos”, pero con el paso del tiempo veremos y sentiremos que nos han alejado de Dios. Y, sobre todo, el final será un desenlace lamentable y quizás sin oportunidad ni esperanza.
En cuanto a la tercera pregunta, la palabra nos dice: “Bueno y recto es Jehová; Por tanto, él enseñará a los pecadores el camino” (Sal. 25:8). ¡Gloria a Dios! Precisamente la palabra y el consejo del Señor es para que meditemos en nuestros caminos y podamos retomar la senda correcta. El Señor nos habla para ser llevados a una actitud de arrepentimiento y cambio genuino, que nos ayuden a experimentar la bendición de Dios. Leamos: “El camino de los rectos se aparta del mal; Su vida guarda el que guarda su camino” (Pr. 16:17).
Vale la pena meditar cuál es nuestra condición y recordar el camino que debemos seguir. Dios, haciendo recapacitar a su pueblo, le dice en el Antiguo Testamento: ¿Es Israel siervo? ¿Es esclavo? ¿Por qué ha venido a ser presa? (…) ¿No te acarreó esto el haber dejado a Jehová tu Dios, cuando te conducía por el camino? Ahora, pues, ¿qué tienes tú en el camino de Egipto, para que bebas agua del Nilo? ¿Y qué tienes tú en el camino de Asiria, para que bebas agua del Éufrates? (Jer. 2:14, 17-18). Egipto y Asiria fueron enemigos de Israel. Y también representan los caminos que nos alejan de Dios.
Amado hermano, dejemos las simplezas de esta vida y andemos por el buen camino. En el Señor Jesús podemos encontrar: sabiduría, amor, gozo, paz, perdón, sanidad y muchos beneficios más. Tomemos el consejo de la palabra que nos dice: “Reconócelo en todos tus caminos, Y él enderezará tus veredas” (Pr. 3:6). Que Dios les bendiga. Amén.
