“Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia” (Ro. 11:5). Cada vez hay menos hombres y mujeres temerosos de Dios. Hay menos santos, menos fieles, menos entregados a Dios y menos justos. Aquí es donde cobra vigencia nuestro tema del remanente. Ya que el remanente es lo que queda de un grupo pequeño que sobrevive, pero con la misma calidad que Dios espera ver de su pueblo. En este estudio nos interesa resaltar las características de este grupo, que también se le conoce como manada pequeña. Leamos: “Pero ¿qué le dice la divina respuesta? Me he reservado siete mil hombres, que no han doblado la rodilla delante de Baal” (V. 4).
Vemos cómo el apóstol Pablo resalta las características que deben permanecer firmes hasta el día de hoy para no prostituirnos con el mundo. De la misma manera, el apóstol Santiago nos dice: “¡Oh almas adulteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Stg. 4:4). El apóstol Santiago está resaltando las características que debe de tener la iglesia, en no mezclarse con el mundo y sus vanidades. También veamos cómo algunos hombres de Dios lo comprendieron, aun viviendo en el Antiguo Testamento. Uno de ellos fue David, al expresar: “Los que amáis a Jehová, aborreced el mal; Él guarda las almas de sus santos; De mano de los impíos los libra” (Sal. 97:10).
El ejemplo máximo lo tenemos en el Señor Jesucristo, al expresar: “No hablaré ya mucho con vosotros; porque viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mi” (Jn. 14:30). A Satanás le ha interesado borrar y diluir estas características, por eso hay un sinfín de sincretismo que nada tiene que ver con el original. Hay creyentes ambiguos, con un pie en la iglesia y el otro en el mundo. Ya no existe ninguna diferencia, esto ha dado ventaja para que exista mucha confusión mis queridos hermanos.
También queremos resaltar que no hay dónde perderse, porque la palabra de Dios es la luz, es la lámpara que ilumina para darnos el entendimiento. Y sin lugar a dudas, este remanente o pequeña manada ha sufrido, ha sido despreciado, ha sido criticado, pero se mantiene firme para la gloria de Dios, leamos “Entonces el dragón se llenó de ira contra la mujer; y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo” (Ap. 12:17).
Satanás ha querido destruirnos, pero Dios se ha encargado de preservarnos para testimonio ante el mundo de que sí se puede ser fiel a Dios. En las Escrituras encontramos las recomendaciones directas de Dios para este remanente, y las abrazamos con mucho amor, leamos: “Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, Y no toquéis lo inmundo; Y yo os recibiré, Y seré para vosotros por Padre, Y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso. Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2Co. 6:17-18 y 7:1).
Es precioso ver cómo dentro de este grupo, hay un anhelo continuo de perfeccionar nuestras vidas. A ellos, precisamente, es dirigida esta palabra: “El que es injusto, sea injusto todavía (…) y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía” (Ap. 22:11).
El día tan anhelado para el remanente llegará, porque Dios es fiel. Pero mientras esto llega, es necesario tener que pasar la prueba en este mundo y llegar hasta el final, manteniendo la misma calidad. Por eso, el Señor nos recomienda: “Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas” (He. 6:11-12).
Amado hermano, si tú formas parte de este remanente, mantén esa lucha en no contaminar tu carne y tu espíritu, ya que el plan maravilloso de nuestro Dios es llevarnos a la eternidad, en donde nadie que sea inmundo entrará.
La lucha hay que mantenerla. No pierdas tu fe, no pierdas tu temor a Dios, no pierdas la santidad y no pierdas tu necesidad de Dios, pues él está dispuesto a ayudarnos como lo ha hecho siempre. A él sea la gloria. Que Dios les bendiga. Amén.
