“El profundo misterio de la oración”

20 marzo, 2026

“Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Ts. 5:17-18). Qué importante es trasladar no sólo un conocimiento de las cosas espirituales y materiales dadas dentro de nuestra iglesia, sino un enfoque que va más allá: hacia la búsqueda de la «excelencia espiritual», mediante la evidencia y delimitación de nuestros propios males. Visto a través de las deficiencias y necesidades del pueblo de Dios, bajo la dirección del Espíritu Santo.

Bajo este rema, nos ubicamos enfáticamente en un mal que hemos caído como iglesia; y que está minando las estructuras más fundamentales de una vida cristiana victoriosa. Y es: el grande descuido en «la oración de continuo»; a nivel personal y a nivel congregacional. En donde por múltiples factores, grandes demandas laborales, familiares, escolares, y como parte de la imposición del sistema en que vivimos, nos ubican fuera de los verdaderos valores espirituales.

Valores justos, perfectos y eternos. Basados en la palabra de Dios y en el testimonio del Señor Jesucristo, el autor y consumador de toda obra en fe. Él oró fervientemente, con gran clamor y lágrimas, “aún de sangre”, en todo momento. Enseñando a sus discípulos a hacer de la oración algo insustituible en la relación con el Padre, para mantener siempre esa dependencia total hacia él.

La oración es uno de los pilares más firmes y sublimes, en donde se sostiene todo el andamiaje de la sobrevivencia espiritual victoriosa de los hijos de Dios, mientras vivamos sobre este mundo. Leamos: “…orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos…” (Ef. 6:18). Esto debería de ser para nosotros una verdadera normativa de vida, impregnada en el alma.

La oración es la comunicación directa, sincera y personal con Dios, dentro del principio de barreras y muros derribados, mediante la muerte de Jesucristo, el Cordero perfecto. Y como testimonio, el velo del templo se rasgó para acceder directamente al trono de la gracia, a la presencia de Dios, al Lugar Santísimo. La oración no es un rito ni algo repetitivo, aprendido o heredado religiosamente. Es la necesidad de adorar, agradecer, confesar pecados, interceder y pedir por nuestras necesidades, en un verdadero derramamiento del alma. Con inteligencia y pidiendo de acuerdo a la voluntad divina en el espíritu. Con fe plena y certeza de la esperanza: “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye” (1 Jn. 5:14).

No hay victoria sin oración.

Cuando hablamos de victoria, hablamos de alguien más grande o poderoso, capaz de luchar fuertemente y al final, derrotar a su adversario. Usando múltiples estrategias, mediante una aplicación sabia, para alcanzar metas positivas y admirables. El hombre, al inicio, mantuvo una comunicación perfecta y de doble vía con Dios, su Creador. Sin embargo, el pecado tomó ocasión al obedecer al maligno; y Dios se esconde de la presencia del hombre. Leamos: “Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida” (Gn. 3:24).

Esto habla de la pérdida de comunicación entre Creador y criatura. Con el consecuente fracaso espiritual y material para el hombre, por el resto de sus días. Es evidente que para tener victoria en cualquier aspecto de la existencia humana tendremos que reconectarnos con el Soberano, que todo lo es y todo lo sabe. Y es la oración, la que nos ayuda a recobrar la comunicación perdida.

La iglesia que ora, no cae.

La iglesia no es un ente social más, en donde se aglomera gente para cohabitar moral o religiosamente. La iglesia, como ente espiritual, fue fundada por Jesucristo y sus apóstoles. Para que bajo el fundamento de la fe, en la obra redentora de Jesucristo y en el retorno a los cánones de Dios mediante el misterio de la reconciliación, caminemos en la dirección correcta hacia el Padre.

Y es por medio de una oración fiel y sincera, que puedo hablar, clamar, suplicar y humillarme, para ser oído; y recibir de parte de Dios, la fuerza y la capacidad para vencer el pecado y librarnos de este sistema satánico que nos asedia. Leamos: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mt. 26:41).

¿Qué estorba la oración?

Dios es espíritu y es imposible que: en una mente simple, materialista y carnal, pueda haber una comunicación en un lenguaje espiritual. Así que nuestra oración debe ser en el espíritu. Con una plena convicción de que mis pecados hayan sido redimidos, mediante la fe en Jesucristo, con plena aceptación en mi confesión y culpa de pecado.

Luego, en un acto de fe y esperanza, con asistencia plena del Espíritu Santo, paulatinamente pero firme, renuncio al materialismo, el cual para el hombre natural es su vida. Y dentro de esto: los afanes, placeres, distractores, pecados, etc., todo esto estorba mi oración y mi comunicación con Dios. Por eso es necesario renunciar a todo lo que bloquee mi anhelo de eternidad. Leamos: “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá…” (Mt. 16:24-25).

La oración, fuente de poder.

Recordemos que somos polvo y la vida surgió de un poder externo y sobrenatural. Hubo un soplo, como aliento divino en la nariz de Adán, para quien era imposible sobrevivir por sí mismo, ya que siempre necesitaría un poder en todos los actos de su vida, materiales y espirituales. Por eso necesitamos de un sol, oxígeno, agua y alimento, como fuente de energía. También nuestra alma en su esencia, necesita del poder de Dios, mediante su Espíritu Santo.

Él nos lleva misteriosa y efectivamente al entendimiento de la imperante necesidad de una continua relación íntima con Dios. Y eso, mediante la oración nos da un poder extraordinario para vencer cualquier adversidad y el pecado que mora en la carne. Leamos: “…pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hch. 1:8). El poder espiritual no es algo propio del hombre; viene como un don, en donde hay oración y súplica a Dios.

Hay mucho más acerca de todo esto y aunque es Dios el que pone el querer como el hacer, pongamos toda diligencia en lo que a nosotros corresponde, para alcanzar los más caros anhelos de nuestra alma, como lo es la comunión con nuestro buen Dios. Ánimo y adelante. Amén.