“Verdaderamente libres”

26 septiembre, 2026

“Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Jn. 8:36). Mucho se habla de la libertad en nuestros días. De hecho, existen muchas ideas en los hombres acerca de la libertad. Desde anhelos libertarios en contextos políticos, económicos y geográficos, hasta los conceptos modernos de libertad de expresión y aun de autopercepción; en donde reina la idea de que “ser libre es hacer lo que yo quiera”.

Nuestro Señor Jesucristo vino a mostrarnos la verdadera libertad, que radica en varios aspectos, a los que él mismo se refirió de esta manera: “Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Vs. 31-32).

En primer lugar, la verdadera libertad es para los que hemos creído en él. Leamos: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; más el que no creyere, será condenado” (Mr. 16:16). Pues no se puede liberar a alguien que no cree en el que ha sido enviado. Y, peor aún, que no cree que necesita ser liberado; como fue el caso de los fariseos, hombres religiosos que no consideraban ser esclavos de nada y de nadie.

Luego, a los que hemos creído, nos manda a permanecer en su palabra, la cual nos conduce a ser verdaderamente sus discípulos para conocer la verdad; y esa misma verdad nos hará libres. ¡Gloria a Dios! Es necesario que reconozcamos nuestra humana fragilidad y esclavitud, como lo expresa el Salmo 107:10-14.

¿En qué consiste la verdadera libertad?

Libres del pecado

Cuando los fariseos le dijeron al Señor que ellos nunca habían sido esclavos de nadie, Jesús les respondió: “…De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.  Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre” (Jn. 8:34-35). Cristo quiere liberarnos del pecado que produce la muerte del hombre. Él quiere que estemos a su lado para siempre, pero el pecado es incompatible con su santidad.

Así que necesitamos aceptar y creer en su sacrificio glorioso, pues su sangre nos limpia de todo pecado. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9). Es por eso que debemos acercarnos confiadamente al trono de su gracia y a través del reconocimiento (confesión) de nuestros pecados podamos hallar el oportuno socorro. Para ya no vivir más, sujetos a nuestras antiguas esclavitudes.

Libres del miedo y de la culpa

“En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor” (1 Jn. 4:18). Cuando el amor de Dios llega a nuestra vida, ya no nos acercamos a él por miedo o temor, sino por amor. Dejamos de buscar a Dios por miedo al infierno, sino por gratitud por su sacrificio y grande misericordia, entendiendo su perdón y siendo libres de la culpa.

Se va el miedo y la inseguridad de un destino de condenación. Esto es reemplazado por la confianza y la certeza, si «permanecemos» en él: “Y ahora, hijitos, permaneced en él, para que cuando se manifieste, tengamos confianza, para que en su venida no nos alejemos de él avergonzados” (1 Jn. 2:28).

Libres de la muerte

“¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley.  Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co. 15:55-57). Sin duda alguna, mi amado hermano, lo más glorioso que Cristo nos ha dado es su victoria sobre la muerte; victoria que nos ha sido trasladada a nosotros.

Y no porque lo merezcamos, sino sencillamente por su gracia. Gracia que debemos valorar por sobre todas las cosas. Leamos: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús…” (Ef. 2:4-6).

Propósito de la verdadera libertad

Entonces, si hemos sido liberados, no es para que de aquí en adelante hagamos “lo que queramos” sino que esta liberación tiene un propósito sublime: “Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros” (Gá. 5:13).

Y también nos dice: “…y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co. 5:15). Ante esto, mi querido hermano, creo que no hay más palabras que agregar.

Que Dios nos ayude a vivir en esa verdadera libertad, agradecidos por su obra redentora y siguiendo el ejemplo de Cristo, quien nos trazó con su ejemplo: el camino, la verdad y la vida. Que Dios les bendiga. Amén.