Adán perdió en el paraíso, aquel vínculo maravilloso que tenía con Dios: esa conexión espiritual con el autor de la vida, su Creador. Y lo perdió todo: lo más valioso que es lo espiritual y también lo material. Leamos: “Y lo sacó Jehová del huerto de Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida” (Gn. 3:23-24). Esto quiere decir que, para estar nuevamente en el camino original, tenemos que ser atravesados con la espada, que es la palabra de Dios.
Esta nueva y gloriosa oportunidad, se da a través del sacrificio de nuestro Señor Jesucristo, leamos: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia (…) Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió” (He. 10:19-23).
Por medio de Jesucristo, el hombre puede recuperar lo más valioso, que es: entrar al Lugar Santísimo. Llegar al Dios vivo, quien en su grande amor ha restaurado esa relación con sus criaturas. Además, comprendamos que Satanás trabaja para engañar al hombre, haciéndole ver que lo más importante es lo material, donde debe centrar su atención, tiempo y fuerzas. ¡Cuidado con este engaño! Leamos: “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Col. 3:2-4). Luchemos por lo más valioso, para no quedar atrapados en las cosas de este mundo.
El apóstol Pablo, traslada el mismo sentimiento a la iglesia de Éfeso, diciendo: “…solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz…” (Ef. 4.3). Seamos diligentes en mantener la comunicación con Dios. Es esa conexión espiritual, la que tiene efectos maravillosos en nuestras vidas y que se manifiestan a través de la paz, armonía, gozo, estabilidad emocional, salud y muchos más. Por eso la palabra nos exhorta a mantener el vínculo espiritual con Dios. Leamos: “Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él” (1 Co. 6:17).
El máximo ejemplo a seguir es el del Señor Jesucristo, leamos: “Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente. Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace; y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os maravilléis” (Jn. 5:19-20). ¡Oh, qué armonía!
También leamos: “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre conocerías; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto. Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras” (Jn. 14:6-10).
La expresión de Felipe: “nos basta”, quiere decir: «es suficiente», lo llena y lo suple todo. Esta necesidad de ver al Padre y de estar con él, es el anhelo de los hijos de Dios para estar completos en él. Tenemos un gran reto y es recuperar lo que Adán perdió. Si lo logramos, seremos las personas más felices, aunque no estemos rodeados de cosas materiales. Porque la satisfacción no depende de lo terrenal, sino de la presencia de Dios en nuestra vida. Veamos cómo se expresa David, aun en la dispensación de la ley: “Tú diste alegría a mí corazón Mayor que la de ellos cuando abundaba su grano y su mosto. En paz me acostaré, y asimismo dormiré; Porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado” (Sal. 4:7-8).
David, como rey, lo tenía todo, materialmente. Pero las cosas materiales, no satisfacen la alegría del alma. Y esto es lo que debemos de alcanzar, esto es lo más valioso. El profeta Isaías, habla de su experiencia diciendo: “También en el camino de tus juicios, oh Jehová, te hemos esperado; tu nombre y tu memoria son el deseo de nuestra alma. Con mi alma te he deseado en la noche, y en tanto que me dure el espíritu dentro de mí, madrugaré a buscarte; porque luego que hay juicios tuyos en la tierra, los moradores del mundo aprenden justicia” (Is. 26:8-9).
¿Cuál es nuestra motivación de vida? Es fácil madrugar para correr como todos. Está bien que corras, que madrugues, pero no te olvides de lo más importante. Leamos la exhortación de Pablo a los de Galacia: ¿Dónde, pues, está esa satisfacción que experimentabais? …” (Gá. 4-15). Peligro, mis queridos hermanos. Satanás seguirá luchando para separarte de Dios. En los momentos más difíciles de David, ante las trampas y tropiezos del pecado, él dijo: “No me eches de delante de ti, Y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, Y espíritu noble me sustente” (Sal. 51:11-12). También se recomienda a Timoteo a mantener la fe y buena conciencia para evitar naufragios espirituales (léase 1 Timoteo 1:19-20).
Iglesia, la batalla es real, sigamos adelante. No perdamos lo más valioso. Mantengámonos firmes en el Señor, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe. Amén.
