“El miedo te mantiene en la ignorancia”

21 febrero, 2026

La palabra de Dios es viva y eficaz. Y en su grande verdad eterna, nos lleva a la plena certeza de su poder y sabiduría, en cuanto a los valores humanos y materiales, pero sobre todo a los eternos, los cuales están perfectamente descritos y ampliamente advertidos. Al final, no hay excusa ni pretexto para ningún ser con razonamiento. La palabra nos ha hablado directamente desde el Edén, en donde Dios se comunicaba con Adán para darle instrucciones más que elocuentes y precisas, al expresar: “Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn. 2:16-17).

Aquí el hombre, ante su primer fracaso, quiso cerrar sus oídos a Dios y a su conciencia. Esto, mediante la evasiva a la verdad que Dios representa; y expresa: “tuve miedo”. ¿Miedo a qué? Pues a confrontar su realidad ante la verdad de Dios. Es el miedo el que no nos hace aceptar la verdad divina, sino huimos de ella y nos escondemos: “en medio de los árboles de las excusas”. En absurdos razonamientos y torpes justificaciones. Descendiendo a verdaderos abismos de miedo, confusión y culpa. Haciéndonos permanecer en tinieblas, en una plena ignorancia y error.

Dios sigue hablando a todas las generaciones del mundo. Y más a Israel, su pueblo escogido, la niña de sus ojos, leamos: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo…” (He. 1:1-2).

¿Por qué le tenemos miedo a la verdad?

El miedo a confrontar la verdad tiene muchas aristas. Pero creo que las más conflictivas para el hombre son: el saber que, al confrontar la verdad, adquirimos una responsabilidad o compromiso. Y luego, saber que hay graves consecuencias que tendremos que enfrentar. En su defecto, es mejor huir o evadir; y actuamos como el avestruz, quien cree que enterrando la cabeza dentro de la arena y no viendo a su agresor, el mal no vendrá. Triste historia, porque la verdad vendrá como un adversario y te destruirá. Porque al final: «Es imposible tapar el sol con un dedo o el cielo con una mano».

El miedo es uno de los enemigos más grandes del hombre, ya que le veda el acceso al éxito espiritual, el cual estará siempre basado en la verdad eterna. Este fenómeno del miedo, se constituyó desde el inicio en el arma y la estrategia más perfecta y utilizada por Satanás, quién mediante el engaño de una reacción de supervivencia, siempre manipula a cada hombre, haciéndolo inútil y vulnerable ante cualquier riesgo de enfrentar alguna verdad que lo compromete a actuar en contra de su ego o amor propio.

El miedo, entonces, nos limita a buscar un área de refugio o confort en nuestra naturaleza humana; y este fenómeno es aplicable a cualquier ser mortal. El profeta Elías, después del momento de relacionarse directamente con una verdad, aunque respaldado por Dios y actuando él cómo su profeta, entra en un terrible miedo que le hace internarse en una cueva, en depresión, sin querer ni siquiera comer. La verdad siempre será una grande y clara responsabilidad. Entonces, es más fácil evadirla o escondernos en nuestra propia caverna o burbuja, en donde las dudas y pensamientos negativos nos llevan al fracaso en cuanto a nuestro ánimo y fe.

No se trata de ser un héroe o alguien temerario. Se trata de entender que Dios siempre está del lado de la verdad. Y bajo este grandioso principio divino, si lo valoramos, viviremos y seremos capaces de vencer fortalezas y ejércitos, no sólo materiales o emocionales, sino mayormente espirituales, leamos: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te fortalezco; siempre te ayudaré; siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Is. 41:10). Dice, además: “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en donde quiera que vayas” (Jos. 1:9).

Entonces, no envalentonados ni prepotentes, sino con humildad, en plena seguridad y fortaleza de que estamos en la voluntad de Dios, por medio de Jesucristo dentro de su principio de verdad, misericordia y justicia, seamos valientes, varoniles, aguerridos, perseverantes y peleemos “la buena batalla de la fe”, leamos: “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y «los valientes» lo arrebatan” (Mt. 11:12). Además: “Pero los «cobardes» e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego…” (Ap. 21:8).

En conclusión, los valientes son: no aquellos contenciosos, agresivos ni impositivos con violencia física, sino aquellos que con la verdad levantan la bandera y estandarte de la justicia divina. Los que vencen con el bien el mal. Los que en fe, esperanza, humildad, espontaneidad y sencillez de corazón, somos capaces de someternos a la voluntad divina, aun en contra de nuestra cultura, familia, amistades y tenencias materiales. Los que logremos decir: ¡NO! al mundo, a sus ofertas y placeres; caminando detrás de los humildes pasos del Maestro, quien habiéndose menospreciado a sí mismo, fue a la cruz por ti y por mí.

No hay excusa ni pretexto. Dios nos ha dado toda la armadura de la fe para pelear con valentía y determinación, para arrebatar el reino de los cielos. Iglesia, sigamos adelante y en él seremos: «más que vencedores, por medio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo». Así sea. Amén y Amén.