“Cristo, el todo del hombre”

31 enero, 2026

“El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala” (Ec. 12:13-14). En todo el contenido del Libro de Eclesiastés, el predicador ha intentado encontrar el sentido, propósito, razón y demás explicaciones, a todas las circunstancias de la vida en las que el hombre se enfrenta, sean buenas o malas.

Y en esa incesante ansiedad de encontrar el origen de la felicidad y la satisfacción humana, fuera de Dios, llega a la conclusión de que todo es vanidad de vanidades. Aun la religiosidad, con todo y su abundante liturgia, sacrificios, esfuerzos humanos, etc., es vacía e incapaz de darle al hombre ese bien preciado que es la felicidad y la verdadera experiencia de sentirse complacido, satisfecho, completo y que no necesitamos nada más. Las consecuencias del pecado de Adán y Eva nos alcanzan en las postrimerías de los siglos.

Aquel vacío que produjo el pecado en el corazón del hombre, lo ha sabido aprovechar Satanás de una manera increíble. El hombre en su vaciedad se convirtió en una verdadera guarida de demonios y en un instrumento de destrucción masiva; en un verdadero depredador de todas las cosas. De ahí que el planeta tierra, el único capaz de sostener la vida tal y como la conocemos, esté en las condiciones actuales de cambio climático, contaminación de los mares, ríos, lagos, océanos, bosques, deforestaciones, el aire que respiramos, proliferación de enfermedades raras, etc.

Es de relevante importancia comprender el tremendo peligro fatal que hay, en tener un corazón vacío. Satanás sabe muy bien cómo llenarlo, pero no de cosas buenas. Así que no es nada nuevo el anhelo del hombre por encontrar esos dos valores importantes, que son: la felicidad y la satisfacción. Salomón los buscó en las riquezas, en los libros, en el conocimiento, en la fama, en la belleza, en la religiosidad, en la naturaleza y no estaba en ninguna de todas estas cosas. Y encontró que el mal estaba en la ausencia de Dios en el corazón del hombre; esto crea la falta de una verdadera plenitud espiritual de Dios en su corazón.

Cuando te encuentras verdaderamente con Cristo Jesús, estás recuperando el estado original de la relación «Dios-hombre»; no estoy hablando de religiosidad. La religión jamás podrá producir esa plenitud en el hombre. La religión sólo genera falsedad, apariencia, hipocresía, fingimiento, pero no frutos verdaderos que glorifiquen a Dios ni que satisfagan las necesidades espirituales del ser humano. Dice el apóstol Pablo: “Porque en él (Cristo) habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad” (Col. 2:9-10).

Cristo es el que permite que mi copa esté rebosando de sus bendiciones y aun cuando falten, mi corazón no desmayará, porque él está con el temeroso y el obediente. Él promete: “…abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” (Mal. 3:10). Si Cristo es la cabeza de todo principado y poder: ¿por qué ha de temer mi corazón? Mi amado hermano, si Dios es por nosotros: ¿quién será capaz de hacernos daño?

El problema no es Dios, el problema soy yo. Mi falta de fe, de convicción en sus promesas y esa tibieza espiritual, le abre espacios a Satanás en mi mente y corazón. El veneno de la duda, invade nuestros pensamientos de malicias que nos llevan a la incredulidad, y esta produce frutos malignos que nos arrastran a la infidelidad espiritual para con Dios. Si Dios estaba en Jesús en toda su plenitud y si yo tengo a Cristo Jesús en mí, entonces debo estar convencido: que la plenitud de Dios está en mí, mediante la presencia del Espíritu de Dios.

No dudes, porque los que dudan caen en incredulidad; y la incredulidad te lleva a la cobardía; y la cobardía te vuelve inútil para defender los valores eternos de Dios sobre este mundo. Y por miedo, te haces al lado de Satanás y no de Cristo Jesús, y esto te condena eternamente, leamos: “Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Ap. 21:8).

Es importante que pidamos al Señor de gloria que nos provea de fe, pues ella es imprescindible para permanecer fieles al Señor y ser constantes en nuestra vida de piedad. Si estás necesitado de ella, no te canses ni desmayes en tu súplica a Dios y él te la dará abundantemente, leamos: “Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor” (Stg. 1:6-7).

Mis amados hermanos, la oscuridad está avanzando y el día de la manifestación de Jesucristo en las nubes está por llegar. Que Dios te fortalezca y Cristo llene por completo todo tu ser, leamos: “…y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Ef. 1:22-23).

Experimenta la felicidad y la verdadera satisfacción de vida, en el Señor de señores y Rey de reyes: ¡Jesucristo, Señor nuestro! Que Dios te bendiga. Amén.