“La dicha del perdón”

30 octubre, 2026

“Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados” (Mr. 2:5). Iniciamos esta reflexión tomando el ejemplo (entre tantos) de aquel paralítico que, en su necesidad de un milagro físico, experimentó un milagro mayor al recibir del mismo Jesús, el perdón de sus pecados; y que, dicho sea de paso, recibió también la sanidad de su cuerpo. No hay bendición mayor que pueda tenerse como: «la dicha del perdón».

Todo inicia desde aquel momento en donde el primer hombre, Adán, quien había de representar a toda una humanidad, desobedeció a lo establecido por Dios mismo. Cayendo en transgresión y rebeldía, lo cual trajo como resultado, la automática separación entre el Creador y su criatura. Y lejos de humillarse, toma la más equivocada y común actitud de auto justificarse.

De allí para adelante, continúa esa misma línea de actitud, en la cual, si se permanece así, el resultado es la condenación. Es por ello que Satanás, el engañador, pone medios de escape, tales como: placeres, vicios, materialismo, glorias terrenales, etc. Pero nada de esto traerá bienestar a su vida, sino todo lo contrario, traerá tristeza, decepción, frustración, males que sólo llevan a experimentar odio, violencia, envidia y más.

La solución está en volver a esa amistad con Dios. Volverse al Omnipotente, reconocer la falta, el pecado, la desobediencia, la rebeldía. Es por ello que Dios le dice a su pueblo Israel: “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Is. 1:18). Sólo a través del perdón de los pecados, llega la oportunidad de salvación y vida eterna.

Veamos qué es lo que hace Dios cuando perdona: “¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (Mi. 7:18-19). ¡GLORIA A DIOS POR TAN GRANDE MISERICORDIA! Dios no sólo perdona, sino, además, se olvida del pecado y sepulta nuestras iniquidades. Y lo más maravilloso: echa a lo profundo del mar todos nuestros pecados.

Qué razón hay para vivir en angustia y bajo persecuciones del enemigo, si los brazos del Señor están extendidos; y su amor que es tan grande, será amplio en perdonar. Leamos: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Is. 55:7).

Realmente el perdón de nuestros pecados tiene un valor incalculable y nos ubica en la verdadera felicidad. No en esa apariencia de lo que hoy se considera como felicidad, sólo por el hecho de que hay abundancia de cosas materiales. Para el rey David, el perdón era una verdadera bienaventuranza. Leamos: “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño” (Sal. 32:1-2).

Tú que lees esta reflexión: ¿Ya has experimentado la dicha de que tus pecados han sido perdonados? ¿Cuál ha sido tu experiencia personal? ¿Vives agradecido por ello? Si tus respuestas son positivas, ahora nos toca qué vivir, como resultado de lo anterior, una VERDADERA PRUEBA. Y es que, ahora con amor y sinceridad, debemos de imitar el ejemplo del Señor Jesucristo, quien estando en una condición humana pudo perdonar de corazón: toda ofensa, menosprecio, acusaciones falsas, esputos, burlas y cuanta grosería se hizo con él.

Veamos algunos ejemplos: “Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen…”  (Lc. 23:34). El apóstol Pedro escribió con mucha claridad: “…el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente…” (1 P. 2:22-23).

¿Será sincera nuestra oración cuando decimos?: «¿Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores?» Tenemos la experiencia del mártir Esteban, al estar siendo apedreado. Después de las acusaciones falsas, puesto de rodillas, clamó a gran voz: “…Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió” (Hech. 7:60).

Jesucristo puso el perdón, como una condición para recibir también el perdón divino, leamos: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mt. 6:14-15). ¿Verdad que es una prueba?

Hoy, Dios nos llama a atender a sus palabras, a reflexionar en lo profundo de nuestro corazón si hemos muerto a nosotros mismos. ¿Y qué ofensas debemos perdonar? «TODAS». ¿Y cuántas veces debemos perdonar? «SIEMPRE». Leamos: “…soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Col. 3:13).

Deseo de todo corazón apreciable hermano, que Dios nos ilumine en el entendimiento de su voluntad. Y así como hemos sido perdonados de tanta maldad, también el Señor nos ayude a perdonar a los demás por las ofensas recibidas. Que Dios les bendiga. Amén y Amén.