“Mi herencia es hermosa para mí”

11 septiembre, 2026

Una herencia es un beneficio (pueden ser bienes, derechos y obligaciones) que se obtienen de parte de alguien que pagó un precio por ello. Generalmente, al fallecer, esto es transmitido a la siguiente generación, a sus herederos. En el contexto de La Biblia, la herencia tiene un significado material y legal en el Antiguo Testamento, sobre todo para el pueblo de Israel. Pero toma un sentido espiritual más profundo y trascendente en el Nuevo Testamento, cuando se abre esa puerta a la dispensación gentil.

En el Antiguo Testamento la herencia material se relacionaba con los bienes y la tierra familiar que se trasladaba de los padres a los hijos. La tierra de Canaán era la tierra prometida que Dios le había dado al pueblo de Israel. (Por cierto, una tierra que fue peleada para poseerla y tomarla; y que hasta la fecha, han librado grandes batallas para retomar ese espacio geográfico). En el caso de los primogénitos, al ser el hijo mayor, tenía el derecho de una doble porción de los bienes del padre y una bendición especial, junto con la responsabilidad de velar y guiar a la familia.

En el Nuevo Testamento, la visión de una herencia se vuelve algo espiritual. La palabra dice que el Señor: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Jn. 1:11). Esto permitió abrir la puerta a “los gentiles”, que son simplemente todos aquellos que no son judíos. Y tenemos que recordar que sobre todo ser humano, pesa una condenación, leamos: “…por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios…” (Ro. 3:23). Esta es la triste condición del hombre sin Dios; y, por tanto, sin herencia y sin esperanza.

Pero ahora, llega una oportunidad para toda la humanidad. Y esta oportunidad sólo podrá ser aprovechada por aquellos que reciban, crean y sean hechos hijos de Dios, según su voluntad, para alcanzar esa herencia tan preciosa. Leamos: “…siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús…” (V. 24). Y: “…en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia…” (Ef. 1:7). Además: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 6:23).

En la estadía del hombre sobre esta tierra, su visión se ha vuelto solamente hacia lo material. Todo su entorno, sus anhelos y proyecciones, giran en relación a las cosas terrenales, sin poder ver que hay algo más que desea nuestra alma. Y eso es lo verdadero, lo eterno, lo más sublime, poder estar con el Señor y desde ya, gozar en nuestra vida, de su gloriosa presencia sobre esta tierra. En una ocasión alguien le dijo al Señor Jesús: “… Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia. Mas él le dijo: Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor? Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lc. 12:13-15).

El tema de las herencias, ha dado lugar a muchos conflictos aun dentro de la misma familia. Dejando de importar en esas circunstancias, los lazos consanguíneos y la relación familiar. El corazón del hombre se corrompe por el deseo de poseer más. Sin embargo, en el camino del Señor, encontramos que el Padre es tan amplio, que nos invita a ser parte de su reino y las riquezas espirituales que hay en él, leamos: “…que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros…” (1 P. 1:3-4).

El apóstol Pedro, en el inicio de su llamado buscaba un lugar para sobresalir entre los demás discípulos. Él quería actuar humanamente para demostrar sus habilidades y recibir beneficios materiales. En una oportunidad le dijo a Jesús todo lo que habían dejado por seguirle (léase Marcos 10:28-30). Pero cuando recibió el poder del Espíritu Santo, comprendió que lo más grande era esa herencia eterna, preparada para ser manifestada en el tiempo postrero. Y aunque ahora nos toque ser afligidos en diversas pruebas, hay gozo en nuestro corazón, porque el Señor está preparando y trabajando en nuestras almas, para alcanzar esa salvación tan grande.

Otro hombre de Dios, David, llegó a entender esto y lo manifestó de una forma tan clara, diciendo: “Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa; Tú sustentas mi suerte. Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, Y es hermosa la heredad que me ha tocado” (Sal. 16:5-6). En este salmo tan precioso, David habla desde su corazón, pidiendo la protección de Dios y reconociendo que él era su Señor. Luego, afirma que fuera de Dios no hay ningún bien para él. Y que se multiplicarán los dolores de aquellos que se desvían para servir con diligencia a otro dios.

Mi amado hermano, ¿cuál es la herencia que tú deseas? ¿Prefieres a Cristo o los deleites temporales de este mundo? ¿A quién estás sirviendo? Puedes pedirle a Dios que abra tus ojos, para que veas esa gran herencia que el Señor nos ha prometido a los que somos hijos, herederos de Dios y coherederos con Cristo. Para ello debemos estar dispuestos también a padecer juntamente con él. Y te pregunto, entonces: ¿Es preciosa esta herencia para ti?

David nos comparte su experiencia diciendo: “Me mostrarás la senda de la vida; En tu presencia hay plenitud de gozo; Delicias a tu diestra para siempre” (V. 11). ¡Gracias, Señor! Nuestro corazón anhela decir: «Eres tú Señor, la vida para mí; eres tú Señor, mi herencia aquí». Que Dios les bendiga. Amén.