“…para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios (…) dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo…” (Col. 1:10-13). El reino de Dios y la vida del reino, se rigen bajo leyes y principios establecidos en la palabra del Señor.
Y fue precisamente nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien se dio a la tarea de traer ese mensaje de esperanza, «las buenas nuevas del reino». Desde el inicio de su ministerio, el enfoque de su prédica fue claro y conciso al expresar: “…Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mt. 4:17). La misión que encomendó a sus discípulos fue para predicar y anunciar sobre el reino de los cielos. Sus enseñanzas, muchas veces por medio de parábolas, eran ejemplos sencillos para entender la importancia de acercarnos, buscar y vivir dentro del reino de Dios.
Bajo esa dimensión espiritual, de un reino diferente, hay muchos aspectos importantes. Y hoy reflexionaremos en un principio que el Señor Jesús enseñó de distintas maneras, pero hay una que lo resalta de una manera especial: «la milla extra». En la época de Jesús, el pueblo judío se encontraba bajo el dominio del imperio romano, quienes gobernaban gran parte de la población mundial conocida en ese momento. Sufrían las pesadas cargas de impuestos y leyes establecidas por Roma.
Una de esas leyes le daba el derecho a los soldados romanos para escoger a cualquier persona para que llevara su carga por una milla. No importaba si eran cosas pesadas, simplemente eran obligados a caminar con esa carga conforme la ley lo decía. Jesús, sabía de esta ley. Y, además, entendía que era algo que todos odiaban hacer. Sin embargo, para sus discípulos, la enseñanza fue la siguiente, leamos: “…y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos” (Mt. 5:41).
Cuando Jesús iba a ser crucificado, los soldados romanos le dijeron y obligaron a Simón de Cirene a llevar la cruz. Esto es el cumplimiento de esa ley para llevar esa carga. Y no le quedaba opción que llevarla hasta el lugar donde lo iban a crucificar. Ahora, con todo este contexto, es importante entender hacia dónde nos lleva la enseñanza del Señor. En primer lugar, nos dirige hacia el pensamiento de una nueva vida. Tenemos que salir de lo común que hay en este mundo y sus corrientes en donde todos actúan bajo el dominio del maligno.
Amados hermanos, nosotros como pueblo del Señor somos llamados a ser libres de este sistema corrupto, de una cultura contaminada y una sociedad que se ha degenerado por la falta de valores espirituales. Por eso el pasaje inicial nos lleva a: “andar como es digno del Señor, agradándole en todo, y llevando fruto en todo lo que hagamos”. Es Dios quien nos concede la oportunidad de participar en un reino diferente y eterno. Por eso desde nuestra estancia sobre esta tierra, nuestra vivencia debe ser impactada por Cristo y reflejar su obra y su imagen en nosotros.
Hemos recibido de parte del Señor Jesús su ejemplo de hacer algo más, fuera de lo común, para llevar el mensaje y dar a conocer el amor de Dios. Un día, decidió entrar a Samaria (algo que los judíos no hacían). Y habló con una mujer para pedirle agua (cosa que tampoco hacían ni sucedía en ese tiempo). Jesús sanaba enfermos en el día de reposo. Compartía y comía con personas consideradas como pecadores. Libró de la muerte a una mujer adúltera. Sanó a un leproso (cuando en aquella época era inmundo y no podían acercarse a ellos). El Señor fue más allá.
Hacemos la primera milla por obligación y actuamos por compromiso. Pero la segunda milla se hace por amor. En el momento en que empezamos a dar más o un poco más de lo que se nos ha pedido, empezamos a actuar para el reino de Dios. Ante la obra de Dios en nuestra vida, deberíamos tener una respuesta espontánea ante las necesidades que hay dentro del reino. La palabra dice: “…La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos…” (Lc. 10:2).
La evidencia de participar en el reino de Dios es manifestar que ahora gozamos de una vida diferente, fuera de lo normal. Incomprendida para muchos, pero para nosotros de mucho gozo porque se confirman en nuestro corazón los sentimientos de amor del Señor. De esa cuenta, podemos mencionar aspectos prácticos que debemos comprender. Ahora, cuando sepultamos a un ser querido, tenemos paz, alegría en el corazón y agradecimiento a Dios. Entendemos que es más bienaventurado dar que recibir. Que el mayor sirve al menor. Que cuando somos débiles, entonces somos fuertes en el Señor, porque su poder se perfecciona en la debilidad.
Cuando perdemos nuestra vida en la tierra, la ganamos allá arriba. Y el que gana su vida aquí, la pierde con el Señor. Que si alguien te lastima, debes pagar bien por mal. Si te humillas, serás exaltado. El reino de Dios es contrario a este mundo. Jesús nos mostró el mejor camino.
Amados hermanos, recordemos aquellas memorables palabras que tienen eco en todo tiempo, sobre todo ahora para nosotros: “Esfuérzate y sé valiente, no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas”. Que Dios les bendiga. Amén.
