“La avaricia, mal del siglo”

23 enero, 2026

En este sistema cósmico en que vivimos, hay una serie de males ocultos y perversidades, que mediante máscaras, fantasías y ofertas atractivas, van detrás de una de las debilidades más grandes del hombre. Esto es: «el grande anhelo de poder y tenencia personal». Estimulado ancestralmente y en forma directa por Satanás, mediante una premisa básica con gran misterio y un extraño poder oculto: “Tú puedes ser como Dios”.

Esta diabólica idea lleva implícita una gama de ambiciones y metas desmesuradas, sin importar el daño a cualquiera. Es el interés obsesivo de satisfacer las demandas de algún individuo contaminado, arrasando contra todo derecho ajeno; traspasando leyes, reglas y principios de respeto a Dios, a la convivencia humana y aun a la misma creación que no le pertenece. En este espíritu se desarrolla la capacidad de toda obra perversa, hasta el crimen a sus congéneres y la destrucción sin límites de grandes sociedades y el ecosistema.

Esta maldición de la avaricia ha arrastrado al ser humano al robo, al arrebatamiento injusto y violento de territorios, a las guerras, las conquistas y crímenes de lesa humanidad. Hasta la invasión de las profundidades del mar, la explotación desmedida de los recursos de las entrañas de la tierra; contaminando todo el planeta y sus habitantes, con el fin de conseguir tesoros y riquezas. Adicional, la conquista al espacio sideral mediante inversiones multimillonarias. Mientras la humanidad muere de hambre, frío, enfermedades degenerativas, desnutrición y de los recursos mínimos de sobre vivencia.

¿Y qué es la avaricia? Es un deseo desmedido y egoísta de acumular riquezas, bienes o poder, mucho más allá de los necesarios para vivir. Pero adicional, nunca sentirse satisfecho. En tal desviación, no se comparte con nadie ni se disfruta lo que se adquiere. Sólo acumula y sigue acumulando. Esto se ha de convertir en los hombres en una perversa adicción. Pero en el fondo, es una enfermedad del alma. Y es que estos insanos tratan de llenar un espacio de vacío emocional y existencial, produciendo graves males directos y colaterales en todos los sistemas conocidos.

La palabra de Dios nos ubica ante esta desordenada adicción obsesiva, así: “Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír” (Ec. 1:8). Aquí nos muestra esta forma insaciable de seguir buscando siempre algo más en lo que percibimos del medio y nunca ser satisfactorio en su totalidad. Y no se refiere únicamente al dinero, sino a todo lo acumulable como la fama, el saber, la gloria y el poder.

¿Y cuál es la forma y el medio más idóneo para adquirir satisfactores a la vista? Pues es precisamente «el dinero» el que nos permite acceder a todos los escenarios en la adquisición de objetos de placer, mediante un sistema de estímulos al subconsciente y técnicas de marketing que condiciona las almas. Creando necesidades hasta desconocidas al buscador y potencial consumidor de sus “fabulosas ofertas”.

En este orden de ideas se inicia una carrera de amar el dinero y este se convierte en un verdadero ídolo, un dios falso, que al tenerlo nos abre puertas dentro de cualquier ámbito conocido. Convirtiéndose para el dependiente en un bien obsesivo. Y a más dinero, más poder, más oportunidades de gloria, lo cual se convierte en lazo, trampa y cárcel para aquel que vive para él. Leamos: “Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Ti. 6:9-10).

El apóstol Pablo, con mucho dolor se refiere a un hombre que luchó hombro con hombro junto a él en la obra del evangelio. Sin embargo, expresa: “Procura venir pronto a verme, porque Demas me ha desamparado, amando este mundo, y se ha ido a Tesalónica…” (2 Ti. 4:9-10). Aquí notamos que, en cualquier momento, la vida nos presenta una oportunidad. Tal vez sea una verdadera prueba para mostrar amor genuino y fidelidad. Y creo que el amor al dinero, encabeza el mayor riesgo de claudicación de tu fe y convicciones. Ya que en el mundo que vivimos, «cada hombre tiene su precio».

La prueba puede venir mediante una oferta de algún negocio lícito o no, algún trabajo absorbente o esclavizante. Actualmente, mediante juegos y pirámides de inversiones con promesas de ganancias fáciles y rápidas, negocios en línea, monedas digitales, etc. En donde ganas, pero luego pierdes no sólo dinero sino tiempo, metas y relaciones familiares. Y como en los juegos de azar, tu adrenalina está al máximo. Y siendo poseído de espíritus de avaricia, pierdes tu relación con Dios, dejando de oír su voz, sumergiéndote en el estupor de la frustración, la culpa y el fracaso.

Por último, amado hermano, quiero sentir en mí y ojalá en ti, la reflexión dicha por Jesús en aquella parábola tan enfática y contundente acerca de la avaricia. Leamos: “…Mirad y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee (…) La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe. regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios” (Lc. 12:15-21).

Señor, haznos entender y valorar más que lo material: tu reino, tu amor y tus principios eternos; y líbranos de esta perversa generación. Así sea. Amén y Amén.