El Pecado Está A La Puerta

23 diciembre, 2025

Existe un campo de batalla espiritual en la vida de todo creyente, en donde se dan grandes conflictos, luchas y combates. El resultado de estas batallas, se reflejará en nuestras actitudes, hechos y la manera de vivir. Y estamos hablando de: «la mente». Ese campo fértil para las maquinaciones del maligno, pero también para los proyectos de bien y de esperanza de parte de Dios. Somos influenciados en nuestros pensamientos con las expectativas que la vida impone, o con las metas que creemos que debemos alcanzar.

Esto se vuelve una carga pesada, que nos paraliza sin saber cómo hacer frente a estas circunstancias. La batalla espiritual no siempre se ve, pero sí la podemos sentir. El enemigo ataca con ideas y mentiras, disfrazadas de lógica. Afectando nuestra mente con pensamientos como: «tú no puedes, nadie te ama, no vas a cambiar, nadie te valora, no eres un hijo de Dios». Siendo estrategias sutiles y malignas que muchas veces no las percibimos y que nos arrastran al pecado.

Pero en la bendita palabra de Dios siempre encontraremos sabiduría y, además, la experiencia de hombres y mujeres que, en medio de los conflictos en su mente, encontraron algo más grande y fue la ayuda divina. Leamos: “En medio de las preocupaciones que se agolpan en mi mente, tú me das consuelo y alegría” (Sal. 94:19 DHH). En otra versión dice: “Cuando mi mente se llenó de dudas, tu consuelo renovó mi esperanza y mi alegría” (NTV). Esto nos lleva a cuidar nuestra mente y no permitir que las preocupaciones y dudas nos derroten.

Ahora, ¿cuál es la importancia de cuidar nuestra mente? Los sentimientos y pensamientos que son más recurrentes y que vienen a nuestra mente tienen como raíz el temor. Desde la caída del hombre por el pecado, el ser humano es temeroso del presente, del futuro, de los acontecimientos, de su bienestar, de su salud, etc. Siendo esto una consecuencia de su desobediencia a los mandatos divinos, al abrir esa puerta al pecado, por medio de los razonamientos en su mente que lo hicieron fallar y caer.

La mente es como una puerta de acceso, que permite el ingreso de algo o de alguien. Pero para poder abrir esa puerta, alguien tiene el control o la capacidad de decidir si abre o no. Es interesante la experiencia de Caín y Abel, cuando presentaron su ofrenda delante de Dios. El Señor aceptó a Abel y a su ofrenda, pero no aceptó a Caín ni a su ofrenda. Esto hizo que Caín se enojara en gran manera. Por lo que Dios le dice: “Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? Y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él” (Gn. 4:7).

Tristemente, Caín eligió abrir la puerta al camino incorrecto, el camino del pecado. Y lo lamentable es que el pecado toma posesión de aquel que le abre la puerta. Al decidir su camino, se convierte en esclavo del pecado, y esto conlleva a la amargura y la culpa. La elección que se le presentó a Caín, es la elección que enfrentamos todos los días. ¿Elegiremos lo que es correcto y lo que Dios aprueba? ¿O dejaremos que el pecado nos domine? El pecado quiere gobernarnos y controlarnos, haciendo que nuestro «propio camino» nos lleve a la esclavitud y la muerte.

Pero gracias a Dios, tenemos una oportunidad. A través de la fe en Cristo y por su gracia, podemos vencer al pecado. La palabra nos insta a adoptar la mente de Cristo, que se manifiesta en la humildad, la obediencia, el servicio y la entrega a Dios. El Señor Jesucristo no es solamente nuestro Salvador, también es nuestro modelo. Tener su mente transforma por completo toda nuestra manera de vivir. Leamos: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro. 12:2).

Cuando alguien no tiene la mente de Cristo, queda expuesto y es frágil a los ataques del enemigo, permitiendo el acceso del pecado a su vida. Leamos cómo lo describe la palabra: “Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte” (Stg. 1:13-15).

Estos últimos tiempos son peligrosos. El pecado está a la puerta y al alcance de cualquiera. Nuestro adversario el diablo, como león rugiente anda buscando a quien devorar. La contaminación se encuentra en las malas conversaciones, en las redes sociales, en los medios de comunicación, en las ideologías de la gente sin temor de Dios, y en todos aquellos que se han envanecido en sus razonamientos, permitiendo que su corazón se llene de tinieblas.

Amado hermano, ¿nuestra actitud y vida diaria refleja la mente de Cristo o el pensamiento de este mundo? El pecado nos lleva a buscar nuestro deleite y placer. El Señor nos lleva a vivir para él, despojándonos de todo aquello que nos encadena a este mundo. Para guardar nuestro corazón del pecado nos dice la palabra: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Is. 26:3).

Busquemos tener la mente de Cristo, para poder pensar, sentir y vivir como él lo hizo. Esto nos dará la fuerza para resistir y combatir contra el pecado. Que Dios les bendiga. Amén.