Una meta es el final de una carrera. Es culminar el propósito de algo. En la existencia del ser humano, el hombre se va trazando metas de vida. Se visualiza a sí mismo en un lugar diferente a donde se encuentra hoy. Un empresario inicia pensando en consolidar un negocio, que más adelante tenga un éxito económico y quizá un reconocimiento social. Un joven inicia estudios pensando que un día será un profesional exitoso. Una pareja inicia pensando en formar una familia, tener hijos, criarlos para luego ver hombres exitosos. El común denominador de estos ejemplos es el éxito.
Trasladémonos al plano espiritual. El apóstol Pablo dice: “Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros. Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo. Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado. Y también el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente. El labrador, para participar de los frutos, debe trabajar primero. Considera lo que digo, y el Señor te dé entendimiento en todo” (2 Ti. 2:1-7).
Entendemos entonces que Dios es un Dios de propósitos: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jer. 29:11). Dios no quiere el mal para ninguno de nosotros; más bien resalta: “para daros el fin que esperáis”. Él quiere que tengamos éxito. Pero el problema del hombre es que no entiende que fuera de Dios, ningún éxito es real (“separados de mí nada podéis hacer”).
Por eso, el mismo apóstol Pablo declara algo maravilloso: “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:13-14). La meta del supremo llamamiento es la meta de las metas; es el más grande de todos los logros que un hombre puede llegar a alcanzar. Para esto nos llamó el Señor.
Amado hermano, tú y yo ya estamos en esta carrera. Nos queda perseverar y esforzarnos por alcanzar esa meta que contiene el premio del supremo llamamiento. Claro, no en nuestras fuerzas sino en la gracia que es en Cristo Jesús. Eso significa: no confiado, como lo hace el hombre religioso que pretende arrogarse un derecho que no le corresponde. Por esto mismo Pablo, a diferencia de otros que en su tiempo “ya reinaban”, dice: “No pretendo haberlo alcanzado”.
Esto no es falta de fe o de convicción, sino la humildad de un hombre de Dios que está convencido de quién viene la salvación, la fortaleza y el poder. Y que reconoce que necesita cada día buscar la presencia de Dios y dar pasos hacia adelante; y nos aconseja a nosotros también, que olvidemos ciertamente lo que queda atrás para poder seguir adelante. Muchos fracasan en su carrera espiritual por seguir apegados al pasado. Olvidar lo que queda atrás significa dos cosas: En primer lugar, no dejar que el enemigo me acuse por mi pasado, recordándome mis pecados antiguos. Los cuales el Señor tiró al fondo del mar y nunca más se acordará de ellos.
Tampoco vivir recordando padecimientos o injusticias que nos haya tocado vivir. Esto es despojarme de todo peso que me dificulte mi caminar en Cristo. Y segundo lugar, no quedarme varado en una jactancia de buenas obras que pude haber hecho ayer, pues nuevas son sus misericordias cada mañana. Esto quiere decir, que, como Pablo, debemos seguir adelante hacia esa meta que contiene el premio del supremo llamamiento de Dios. Leamos: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos” (Gá. 6:9).
Si muchas personas se esfuerzan en dejar su vida y sus fuerzas por alcanzar una meta material y pasajera. Cuánto más los que profesamos seguir los pasos del Maestro, de quien recordamos: “…puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (He. 12:2).
Sí, mi amado hermano, es la fe la que nos puede sostener hasta el final. Quizá por Cristo padeces hoy, persecuciones, pruebas, asechanzas del maligno, calumnias y muchas más cosas. Proseguir significa seguir hacia adelante, restando importancia a las circunstancias que vienen a nuestra vida. Por ello, pongamos nuestra mirada en Jesús, pues él ya venció y su obra es eterna. Tú: “Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna…” (1 Ti. 6:12).
Hoy es tiempo de avanzar, de enmendar, de perdonar, de pedir perdón, de trabajar, de clamar, de gemir, de buscar, pues el premio, está muy cerca. “Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas; y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado. Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados…” (He. 12: 12-15).
Sigamos adelante pueblo de Dios. ¡Hasta la eternidad! Amén.
