La Sinceridad Le Agrada A Dios

13 enero, 2026

“Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación…” (1 P. 2:1-2). Vivimos en un mundo de mucha hipocresía y en donde la tendencia de aparentar algo que no es, cada vez es más fuerte. Esto se puede ver en todos los estratos sociales del mundo. Lo más terrible es que este espíritu también avanza en el ámbito religioso. Hoy quiero resaltar que para acercarnos a Dios, es indispensable tener: «sinceridad».

Sinceridad en mi relación con Dios

David luchó por mantener una buena relación con Dios, leamos: “Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; Has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, Y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, Y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda” (Sal. 139:2-4). Es imposible engañar a Dios, ya que él conoce todas las intenciones. Recordemos al fariseo que subió al templo a orar, queriendo impresionar a Dios por sus obras. Pero un publicano se acercó sinceramente, reconociendo que era pecador. Dios justificó a este y el fariseo se quedó con su apariencia (léase Lucas 18:9-14).

La palabra nos recomienda: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” (He. 10:19-22).

¿Quieres ser perdonado, restaurado y sanado? Acércate a Dios con sinceridad: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (He. 4:16). Para llegar con Dios y recibir de su ministración y sus bendiciones, tenemos que llegar tal y como somos; pero con el anhelo de mejorar y cambiar. De esta manera recibiremos el socorro que necesitamos. Encontramos también el caso de Jonás al enojarse tanto. ¿Y contra quién se enojó Jonás? Pues contra Dios. Aquel siervo de Dios no escondió su molestia, porque dijo que estaba enojado hasta la muerte. Y Dios no le permitió que se muriera en su enojo (léase Jonás 4:1-4).

En una de las celebraciones más solemnes, como lo es la Santa Cena, Dios quiere que seamos sinceros con él y con nosotros mismos, leamos: “Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad” (1 Co. 5:7-8).

La levadura da apariencia y no consistencia. Esta figura utiliza el apóstol Pablo, para que no lleguemos ante Dios aparentando lo que no somos. Leamos también: “Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 S. 16:7).

Sinceridad con el prójimo

Esta cualidad también debe manifestarse con nuestro prójimo, para mantener una relación sana y saludable con los demás. Leamos “Porque en la boca de ellos no hay sinceridad; Sus entrañas son maldad, Sepulcro abierto es su garganta, con su lengua hablan lisonjas” (Sal. 5:9). ¡Impresionante! Cuando alguien habla a espaldas de otro, es como el hedor de muertos; y las lisonjas, son hipocresías. El apóstol Pablo dice: “El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno” (Ro. 12:9).

El Señor Jesús detestó tanto la forma de vida de los escribas y fariseos, por presentarse ante los hombres de una manera tan hipócrita, leamos: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia” (Mt. 23:27).

          Hay otro ejemplo: “…Abías hijo de Jeroboam cayó enfermo. Y dijo Jeroboam a su mujer: Levántate ahora y disfrázate, para que no te conozcan que eres la mujer de Jeroboam, y ve a Silo; porque allá está el profeta Ahías, el que me dijo que yo había de ser rey sobre este pueblo (…) y ve a él, para que te declare lo que ha de ser de este niño. Y la mujer de Jeroboam lo hizo así (…) Y ya no podía ver Ahías, porque sus ojos se habían oscurecido a causa de su vejez. Mas Jehová había dicho a Ahías: He aquí que la mujer de Jeroboam vendrá a consultarte por su hijo, que está enfermo (…) Cuando Ahías oyó el sonido de sus pies, al entrar ella por la puerta, dijo: Entra mujer de Jeroboam. ¿Por qué te finges otra? He aquí yo soy enviado a ti con revelación dura” (1 R. 14:1-6).

Aquel varón de Dios le quitó el disfraz de hipocresía y le advirtió que su hijo moriría. Debemos de ser cuidadosos con nuestro corazón, leamos: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras” (Jer. 17:9-10). Practiquemos la sinceridad, porque esto trae mucha bendición para nuestras vidas.

Cuando tengamos problemas familiares, seamos sinceros con Dios. Cuando te sientas debilitado espiritualmente, sé sincero con Dios. Cuando tengas problemas económicos, sé sincero con Dios. Cuando tengas problemas de salud, sé sincero con Dios. Cuando le has fallado a Dios, sé sincero con él. Dios está dispuesto a ayudarte al ver tu sinceridad. Que Dios nos ayude. Amén.