Iglesia, No Provoques La Ira De Dios

30 diciembre, 2025

Amados hermanos y fieles lectores: Hoy más que nunca nos encaminamos, escatológicamente, hacia la recta final del evento más importante y esperado para la iglesia, la novia de Cristo, el Cordero. Y es precisamente, que él viene en las nubes y viene por nosotros, sus hijos. Por una iglesia sin mancha y sin arruga, con vestiduras blancas que son las obras de los justos dadas por Dios para estar en «Las Bodas del Cordero» y luego en la eternidad con él.

Este evento marcará en adelante, una diferencia radical en el desenvolvimiento y en el desenlace de toda la humanidad con expectativas únicas para la eternidad, según sus designios. Con gloria, para nosotros los creyentes; y para condenación, a los que no valoraron el sacrificio de una muerte para vida, manifiesto elocuentemente en la cruz del Calvario. Y consumado por nuestro Señor y Salvador Jesucristo, a quien sea toda gloria, honra y alabanza.

La preocupación más grande para nosotros, como pastores de la grey, es evidenciar que algunos hermanos dentro de nuestra propia congregación, por falta de amor, fe, devoción, conocimiento, temor, reverencia; en menosprecio y sin compromiso, han perdido progresivamente el discernimiento espiritual en cuanto a lo bueno y lo malo.

Evidenciado por una simplicidad de vida, mediante hábitos y seguimiento de corrientes mundanas, llenas de apostasía, modas, prácticas concupiscentes, molicies, afanes, indiferencia y menosprecio a lo santo y sublime. Afrentando al Dios vivo y verdadero, «tres veces santo», sabiendo bajo advertencia, que esto despierta la ira de Dios. Leamos: “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad…” (Ro. 1:18).

Tal vez nos imaginamos a un Dios místico, poco real, bajo la personalidad de un anciano cansado, de barba blanca y larga, sentado en un lujoso trono, en una actitud letárgica, indolente y únicamente observando cómo se llevan a cabo los eventos dentro de su creación. Como alguien que es «tan bueno», que todo lo acepta como bueno. ¡Pero advierto! Ciertamente «Dios es bueno y bueno en gran manera», pero siempre ha mostrado una reacción firme y definida ante la injusticia, la impiedad, la desobediencia, la indolencia, la irreverencia, la rebeldía, etc.

Dios es un Dios de orden. Es categórico, en cuanto a que su palabra es infalible, leamos: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt. 24:35). “…Dios es amor” (1 Jn. 4:8). Pero también dice: “…porque nuestro Dios es fuego consumidor” (He. 12:29). Además: “…de ningún modo tendrá por inocente al culpable…” (Nm. 14:18).

En su momento, el mismo Señor Jesús mostró su determinación «en un celo santo», en cuanto a la manifestación expresa hacia la hipocresía de los sacerdotes y escribas. Con expresiones fuertes como: “sepulcros blanqueados”, “lobos con piel de oveja” y mucho más. Y cuando vio que su casa fue profanada por mercaderes y blasfemos, su reacción fue clara y elocuente, de alguien con determinación en cuanto a los valores y la justicia divina y expresa: “…Mi casa, casa de oración será llamada…” (Mt. 21:13).

Por supuesto, esto no es algo hepático ni bajo impulsos desordenados de la carne o las emociones, sino bien ubicado en cuanto a lo que a Dios le agrada, mediante el cumplimiento de sus leyes establecidas para la humanidad; creada enteramente por él, bajo la inspiración de la verdad absoluta para el equilibrio mismo en el funcionar del universo. Todo en una inteligencia y sabiduría perfectas.

Este análisis no es producto de un legalismo o fariseísmo sistemático o contencioso, mucho menos con pretensiones de subyugar o esclavizar al pueblo a un sistema autoritario en prepotencia, por caprichos o ambiciones humanas. Es sólo que, mediante el escudriñamiento de las Sagradas Escrituras, podamos alcanzar y afianzar el conocimiento de la perfecta voluntad de Dios para los suyos.

Como dice la palabra: “…para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (Ef. 3:17-19).

Para comprender todo esto es necesario ser, fundamentalmente, como niños. A su vez, es ineludible recibir algo espiritual de parte de Dios y escudriñar profundamente la palabra. Estar atentos a los siervos y pastores, puestos y formados por Dios como guías espirituales. Evitar toda influencia externa, aun la malicia religiosa. Buscar la humildad y sencillez de corazón. Ejercitarnos en la fe, el amor y las buenas obras. Reconocimiento continuo de nuestros errores para avanzar al cambio. Perdonar, no una vez, sino siempre. Velar y orar sin cesar, etc.

Por supuesto, es Dios quien, en su sabiduría y amor, habiéndonos escogido desde antes de la fundación del mundo, inició la buena obra en nosotros y la completará progresivamente para beneficio nuestro y para gloria de su nombre.

Amados hermanos: ¡Esforcémonos y peleemos la buena batalla de la fe, sabiendo que somos voluntarios, esclavos de esperanza! ¡MARANATA, MARANATA! El Señor viene. Que Dios les bendiga. Amén y Amén.